Mallarmé. Notas para un ensayo futuro
RUBÉN DARÍO
Todos los exégetas y comentaristas de Theodor Wizewa a Thadée Natanson, todas las invectivas y burlas y todos los ditirambos y peanes dedicados al raro poeta que acaba de morir, no os darán sino una idea incompleta de su personalidad. Él permanecerá intangible, en una isla espiritual. No os podéis acercar a él si no abandonáis prejuicios, teorías establecidas, resoluciones hechas. ¿Creeréis haber conocido al verdadero Mallarmé cuando habéis visto al falsificado por el periodismo y fabricado para uso del público, o para regocijo de snobs de todo país y lengua?
Pues hay dos Mallarmés, como intentaré explicároslo
*
* *
El uno, el conocido, el traído y llevado por la prensa a propósito de cualquier discusión sobre claridad y buen sentido en literatura, la pesadilla de los señores y Brunetière, ha llegado a tener lo que repugnaba al espíritu aristocrático del «otro»: la popularidad. Es: ya un charlatán de las letras que fabrica pociones diabólicamente arcanas para emponzoñar a las comadres rollizas de la alegría gala; ya un presuntuoso dalay-lama rodeado de bonzos hipnotizados que giran al impulso de la primera palabra oracular brotada de sus labios; o bien un embaucador malabarista que se divierte con su barraca decorada de logogrifos y saltos de caballo; o un teratólogo coleccionista de monstruos dueño de un rebaño de terneros de cinco patas; o un señor poseído de un deseo de singularizarse, que le corta la cola a su perro, entre las sonrisas de los bulevares. O un «cabotin» de talento, a lo Peladan. O un tipo caricatural a la manera de obispo positivista o mago de cualquier color. O un loco. De ese Mallarmé descuartizado están llenas las carnicerías de la crítica normal. Se juega con su cabeza como con una bola de billar. Sus cuartos se exponen para prevención y escarmiento de imprudentes.
Cualquiera puede reír de su nombre. En las paredes pedagógicas los chicos loescriben como una mala palabra. La malignidad y la estupidez lamentan solamente que no se pueda agregar a la ignominia de la idea la ignominia moral; los vicios de Verlaine habrían completado la suma y Mallarmé habría quedado total, integral, perfectamente abominable. De este se ha ocupado la curiosidad pasajera del público.
*
* *
El otro es el artista único y sacerdotal que hoy deja esta vida en el silencio de su retiro de ermitaño de la Belleza pura. En el curso de la historia del pensamiento humano se ve brillar la columna de oro de ese estilista. Su idea da una luz original, diamante parangón, gema en que ha sido grabado un signo mágico. Él consagró su existencia a su Sueño, en medio de la Babilonia del siglo más utilitario de todos los siglos. Tuvo el valor de un hombre de cristal que apareciese entre ejércitos que se batiesen a honda. La pasión sagrada por su ideal le rodeaba de una aureola misteriosa percibida por los espíritus refinados y nobles que comunicaban con él, Maestro bondadoso y sutil, sin autoritarismos de pontificado ni imperial corte huguesca. Ni la gloria ni la gloriola perturbaron su soberana quietud, a pesar de que esa misma quietud, el misterio de su obra, lo peregrino de su Visión, atraían las miradas del pensamiento aristocrático del mundo. Y la ira de los contrarios incitó a la fama. Jamás publicó obra suya para la generalidad, antes del florilegio de Perrin y las Divagaciones. Solamente los bibliófilos y los ricos podrían obtener el Après midi d’un faune ilustrado por Manet, u otras poesías tiradas en ejemplares únicos y limitadísimos. Y tenía razón. Con excepción de muy pocos, los mismos hombres de letras de París declaraban su poesía incomprensible o cuanto menos, se le calificaba de «autor difícil». La verdad es que se requiere, primero amar lo que se desea comprender, según el sabio consejo; después apurar el sentido evocatorio, ascender con fatiga a la cumbre maravillosa, que una vez lograda la ascensión, se compensa con la conquista de luz nueva, lo penoso del esfuerzo. No hay necesidad de exégesis a lo Wizewa; y poco sacaréis de los comentos profundos y admirables de Natanson: en vosotros está la clave del enigma; vuestra alma ha de ser la reveladora pitonisa; y desde el momento en que pretendáis aplicar un método científico, o precisar las geometrías de esa arquitectura de ensueño es preferible que cerréis el libro, huyáis de ese místico país de música y de indefinible ambiente, y os convenzáis de que sois vosotros mismos, leyendo un soneto de Heredia o un cuento de Coppée.
País es de música, en efecto, en donde escucháis:
La lune s’attristait. Des séraphins en pleurs
Rêvant, l’archet aux doigts, dans le calme des fleurs
Vaporeuses tiraient de mourantes violes
De blancs sanglots glissant sur l’azur des corolles.
—C’etait le jour béni de ton premier baiser
No busquéis la plasticidad tangible. Felicien Rops ha simbolizado la poesía de Mallarmé, si mal no recuerdo, en un arpa ascendente al azul, hacia cuyas cuerdas tienden manos que brotan de lo invisible. Yo diría que en este autor he encontrado la manifestación verbal de ciertos paisajes imprecisos, figuras y evocación de sensaciones que solo percibimos en ciertos sueños. Un ocultista daría quizá las mejores explicaciones sobre esa extraña cerebración que por lo mismo que es solitaria y sin igual, no puede ser percibida y mucho menos juzgada en su valor verdadero sino por los espíritus de excepción. Tiene razón, pues, la generalidad de nuestros contemporáneos pensantes en mirar con recelo, desvío, o enojo, ese arte casi religioso y esotérico.
*
* *
Mallarmé vivía en París, alejado tanto de las espumas del bulevar como de los embolismos del Barrio Latino. Entre la juventud literaria de Inglaterra era muy admirado, y sus conferencias tuvieron la legítima resonancia. Por largo tiempo fue profesor de inglés en un colegio parisiense. Jamás aceptó escribir para diarios. Su colaboración era solicitada y muy bien remunerada en revistas de los Estados Unidos e Inglaterra. Su influjo en el arte actual ha sido enorme, y la nueva generación de las letras francesas saluda su nombre con veneración. Los que le conocieron alaban su carácter generoso y seductor; sus cualidades cordiales eran de un bellísimo oriente. Ha muerto a los 56 años. A la muerte de Verlaine los nuevos poetas de Francia, en un plebiscito, e señalaron como al Jefe. Su mejor retrato es el de Whistler, en que aparece cual en la influencia del mundo de sus visiones, en unas cuantas líneas, de vago conjunto, pero de tal exactitud que concentran la individualidad del poeta, profunda y comprensivamente. En la tumba de Mallarmé yo grabaría dos palabras resaltantes en uno de sus versos: Pulchérie – Anastase; esto es: ¡Belleza y Resurrección!
El Sol del Domingo, Buenos Aires, nº 3, 18 septiembre, 1898, p. 1.


