Carta de Masferrer a García Monge

 

ALBERTO MASFERRER   Alegría—antes Tecapa— 24 de julio 1968 – San Salvador, 4 de septiembre de 1932]

 

San Pedro Sula, Honduras, 4 de febrero de 1932

Mi querido Joaquín García Monge. San José.

                                                                         Cabe todavía en lo posible, que yo vaya al Congreso del Caribe, si este se celebra en abril. No me será fácil, porque todas mis cosas andan trastornadas; pero haré lo posible.

     El capítulo de mis disculpas con usted, por mis desatenciones y malacrianzas, se reduce a esto: cometí la imbecilidad de meterme en eso que llaman política militante, durante un año, y me volví áspero, fanático, descortés y tonto. Y gracias que no fue peor. No hay, querido Joaquín, estado de ánimo que vuelva más apasionado y más estrecho. Como todo eso descansa en la idea de que uno sabe más que los otros ―los adversarios― y que solo uno es honrado, instruido, inteligente y patriota, la soberbia se le desarrolla inmensamente; y con la soberbia, es claro, la necedad.

     Así, querido Joaquín, considere que durante un año estuve enfermo de necedad, y ya con esto se explicará todas mis faltas.

     Por supuesto, el fondo de mi amistad para usted, de mi admiración a su obra, de mi agradecimiento a su esfuerzo que nos ha creado a los hispanoamericanos una voz resonante y ecuánime ―eso quedó intacto. Y también mi cariño, desde luego.

     Si me envía el Repertorio, diríjamelo a Tegucigalpa.

     Adjunto va un pequeñito giro de seis dólares, por encargo de la señorita Graciella Bográn, de esta ciudad, para que haga el favor de servirle una suscripción del Repertorio, a contar del 1º de enero de este año. Le recomiendo que fije su atención en esta joven, que merece ser su amiga. Es una muchacha de grandes anhelos espirituales, esforzada por el mejoramiento de su ambiente, maestra de vocación, inteligente, y ya un tanto entrenada en el escribir como usted verá por los ejemplares de Alma Latina, que ella redacta. Yo creo que Graciella va en camino de llegar a ser una escritora notable en Centro América; y aun más allá, si se acoge al patronato de usted, tan alentador y fecundante.

     En mi triste país, se suceden los horrores. Se dice de tres mil muertos, campesinos casi todos, que se lanzaron a tomar los cuarteles, exasperados por el hambre. Les tachan de bolscheviques, de monstruos, de cuanto adjetivo denigrante les sugiere el miedo y la cólera a los terratenientes y millonarios enfurecidos y vencedores. Y la verdad, la verdad única es que no hay nadie más sufrido, más ignorante, más incapaz de bolschevismo que los jornaleros salvadoreños. Yo les conozco; yo los defiendo, desde hace unos dos años, porque nadie hay que los defienda. Desde hace cuarenta años se les explota, se les embrutece con el alcohol, se les extorsiona y se les miente. Y ahora, cuando tenían más de un año de casi no comer, por falta de trabajo, se les extermina…

     Adiós, querido Joaquín. Recuérdeme a mis amigos. Quizá vaya pronto a suplicarles un rincón amistoso para acabar mis días.

 

Alberto Masferrer

 

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