El Trópico y sus Miserias: La memoria de Manuel Barba Salinas

Pero en El Salvador existe un hado adverso, una maldición fatal para el talento. Los mejores se malogran o se agostan tempranamente, como si una escarcha despiadada volviese mustios los mejores brotes

Hay textos que no se leen como historia, sino como espejos incómodos. Al rescatar esta semblanza, escrita originalmente el 16 de abril de 1942 por Manuel Barba Salinas, no solo intentamos honrar la memoria del ilustre médico Salvador Peralta Lagos, sino que nos tropezamos con una advertencia que parece haber sido redactada esta misma mañana.

     Barba Salinas no se limita a la esquela tradicional. A través de la figura de Peralta Lagos —un hombre de «elegancia interior» a pesar de su descuido exterior—, Barba Salinas disecciona lo que llama el «hado adverso» de El Salvador: esa fuerza telúrica que aplana el talento y sofoca a quienes intentan elevarse sobre la vida puramente vegetativa.

     Al citar al Conde Hermann von Keyserling —filósofo alemán y figura clave del pensamiento europeo de entreguerras, conocido por sus viajes y su análisis sobre la psicología de los pueblos—, este texto trasciende el homenaje personal. Barba Salinas utiliza la tesis de Keyserling sobre la etapa «telúrica» de América para explicar la «grosera costra de mezquindad» de nuestro ambiente aldeano.

     Publicar este fresco de época en Korazón de Perro es, para nosotros, un acto de resistencia editorial; una invitación a reconocer nuestra propia «escarcha despiadada» y a buscar, como lo hizo Peralta Lagos, una espiritualidad que ascienda en amor hacia los demás.

— Rodrigo Barba

 

Salvador Peralta Lagos

 

MANUEL BARBA SALINAS 

[Santa Tecla, 2 septiembre 1900 ― San Salvador, 1 junio 1956]

 

La noticia de su muerte, ocurrida en México llegó el viernes santo y conmovió grandes sectores de la sociedad salvadoreña, donde el Doctor Salvador peralta Lagos se destacó siempre como médico ilustre de singularísimo talento y hombre íntegro, rico en bondad y comprensión humanas.

     Tenía la prestancia del hombre superior, que, seguro de los valores auténticos de la vida, no cifra en tontos detalles de indumenta los méritos de la personalidad. Era bondadoso y cordial y su elegancia interior se imponía a despecho de su descuidada apariencia de sabio o de artista.

     Lo conocimos hace años cuando estaba en plena y fecunda juventud y en la cumbre de su éxito profesional y su labor científica. Fue en una temporada de baños en la Laguna de Coatepeque en compañía de otro estimable médico, también desaparecido, el doctor Héctor Trujillo y Ortiz. Fue entonces cuando aprendimos a admirar sus cualidades de simpatía, su buen humor, su exquisita bondad para los demás.  Desde aquel tiempo nos impresionó vivamente aquel hombre lleno de prestancia, de talento, de merecido éxito. Empezamos a aprender a distinguir los verdaderos hombres de valía de los cretinos relucientes, sin que esto quiera decir que tal cualidad nos haya servido para nada en la vida.

     Era el doctor Peralta, además de un médico que honraba su profesión y la ciencia que cultivaba, un hombre de excepcionales prendas humanas, que así aliviaba el dolor del enfermo y curaba el mal, como confortaba el ánimo atribulado de algún amigo en desventura o de algún semejante extraviado.

     Hace unos veintidós años se distinguió por serios estudios que emprendió sobre la fiebre amarilla y el paludismo y desde que empezó a ejercer su noble apostolado en su especialidad de oculista, tuvo el reconocimiento de sus colegas más ilustres del extranjero, quienes veían en él a un compañero de altos méritos.

     Pero en El Salvador existe un hado adverso, una maldición fatal para el talento. Los mejores se malogran o se agostan tempranamente, como si una escarcha despiadada volviese mustios los mejores brotes. No sabemos nosotros cuál será este trágico karma de los hombres de superior sensibilidad a quienes no sienta el trópico y sus miserias.

     Acaso sea —como dice Keyserling— que el espíritu no es propio del clima de América, porque no ha encarnado aún en el continente, el cual está en la etapa telúrica de su evolución.

     Pero el caso es permanente y propicio a dolorosas reflexiones. El hombre de auténtico valor —artista, hombre de ciencia, político— si no se malogra se aplana y finalmente logra triunfar sobre él, el supremo desencanto de la cruel y despiadada vida cotidiana, que es vulgar y que todo lo marchita y desintegra.

     Salvador Peralta Lagos pertenecía a ese grupo minúsculo de gentes que aún creen en una vida que no sea simplemente vegetativa, sino que, superando el egoísmo, ascienda en amor a los demás, hacia una espiritualidad más pura, no obstante la grosera costra de mezquindad que todo lo envuelve en el aldeano ambiente y triunfa sobre los que se empeñan en liberarse hacia la altura.

 

16 abril 1942

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