Causas perdidas

 

CÉSAR HILDEBRANDT

 

Da ganas de votar por nadie. Da ganas de votar por el que pudo ser, votar por el que pudo decir lo que debía decir, pero no lo dijo ni siquiera cuando tuvo la oportunidad. Pero al mismo tiempo da ganas de no votar por el que desperdició el momento de oponerse a este sistema podrido, a esta política raptada por el bandidaje, a esta economía que solo sirve para engordar rentas y fomentar monopolios.

     Después de los debates, ya no hay duda: somos un país de tercera. Con muy pocas excepciones ―poquísimas, una mano sobra― lo que armó el inepto Jurado Nacional de Elecciones fue un homenaje a la minusvalía cerebral. Pocas veces he oído en tan pocas noches tal cantidad de sandeces. Era el coro de nuestro fracaso cultural. El país de Porras y Haya es hoy esta pampa donde los que quieren ir a Palacio croan lugares comunes, promesas chanchas, fraseos dichos en una lengua que requiere traductores.

     Los maníacos egocéntricos que tuvimos que escuchar ―y la señora que allí pusieron los enemigos más perversos del feminismo― no han salido de la nada. Emergen del vertedero que hemos hecho de la política, de la educación, de la sociedad, de la cosa pública. Son la ruina que nos mira a la cara y reclama nuestra paternidad. Son la decadencia que nos recuerda lo que hicimos y, sobre todo, lo que dejamos de hacer. Son el sarro de un país que destruyó su educación, aceptó la abolición de los partidos programáticos y adoptó el pragmatismo forajido del fujimorismo como meta nacional.

    Han sido décadas de ir poniendo las vallas cada vez más bajas, los méritos cada vez más lejos, la corrupción cada vez más extendida. Son décadas de oclocracia, de muchedumbres condenadas a sobrevivir a duras penas, de políticos que delinquen impunemente. Son años de instituciones rotas, canallas encumbrados y fujimorismo a discreción. En eso estamos y ahora hay que pagar.

     Creeré en la inmortalidad y la resurrección solo para imaginar que Alberto Fujimori vio estos debates. Qué satisfecho debe estar. Cuánta gracia le deben haber producido. Porque él siempre tuvo la idea de que el Perú merecía ser esto: la cultura combi, la barbarie entendida como norma, la política hecha de transacciones sombrías. Y, por supuesto, el idioma castellano expuesto a mil ultrajes.

     Somos hechura de tantos años de destierro de la inteligencia y de castigo a la limpieza. Y de esos años excrementicios sale esta bosta que quiere hacerse pasar como la oferta electoral. Lo triste es que lo es. No hay más.

     Y lo más triste es que todo apunta a que el 12 de abril se elegirá un Congreso que será clon de la actual bazofia y que entraremos a otro capítulo de esta teleserie interminable. Y todavía más triste será ver, desde ahora, cómo los comentarios reales de la gran prensa intentarán decirnos que el pueblo eligió, que ese es el veredicto popular, que hay que callar.

     Nosotros, modestamente, no nos sumaremos a esa complacencia anestesiada. Sabemos que somos minoría, que tendemos a las causas perdidas, pero insistiremos en decir y repetirnos: esta pesadilla no es el Perú, este aquelarre del gran dinero y la gran putrefacción no puede ser el Perú. Habrá que seguir luchando para que los más jóvenes sepan que el país de Vallejo no es el de Acuña, que fuimos faro y referencia, que aquí nacieron ideas que hicieron historia en América Latina, que tenemos el deber de ir al rescate de ese país que nos grita desde el pasado. ¡Pena de muerte a la resignación!

 

 

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