DE JULIO CORTÁZAR A CARLOS FUENTES
- París, 7 de septiembre de 1958
Mi querido Fuentes:
Hace ya rato que recibí su novela. Un largo viaje por Grecia y unos trabajos míos que necesitaba terminar tienen la culpa del retraso con que le acuso recibo de su libro. Pero ahora que un domingo tranquilo me ha dado las ganas y el tiempo de releer algunas partes que me gustan particularmente, no quiero dejar pasar ni un momento más sin hablarle (desordenadamente y al correr de la máquina, como si estuviéramos en un café charlando) de todo lo que significa para mí La región más transparente. No sé cómo habrá recibido la crítica mexicana su libro; solo conozco una carta abierta de Emma, que evidentemente no pasa de una «aproximación» amistosa a su libro, sin propósito de ir a fondo [1] (Ojalá lo haga, porque la creo capaz de descubrir cosas interesantes, como siempre que se pone a bucear en la obra de alguien). Por mi parte, no siendo mexicano, ignorándolo todo del ambiente que suscita y refleja a la vez una novela como la suya, tengo ventajas y desventajas igualmente peligrosas con respecto a los lectores de allá. Las desventajas son obvias: se me escapan muchas alusiones —aunque una cierta técnica y algo de olfato me ayudan bastante—, y a veces el sabor del habla de sus personajes (tanto los «popoff [2]» como los de la calle) se me pierde en el juego de voces desconocidas, de giros típicos. No hablemos de mi ignorancia en materia de historia mexicana, tan importante para entender muchos aspectos de su libro. Pero en cambio creo tener alguna ventaja que quizá falte allá: en primer lugar la falta de todo compromiso con esa realidad en que usted está comprometido y, dentro del mismo juego, todos sus lectores mexicanos. Puedo leer el libro como si leyera una novela de, digamos, Joyce Cary o Boris Pasternak; ¡qué diferencia cuando me llega de Buenos Aires alguna tentativa de explicación o crítica de los problemas argentinos! Compartir una realidad es siempre compartirla en la lucha, divididos en bandos, con enfoques rabiosamente opuestos. Pero desde ya quiero mostrarle nuestra verdadera y auténtica fraternidad: leyendo su novela he subrayado centenares de pasajes y he escrito al lado: «Argentina». Me imagino que usted ha podido hacer lo mismo con algunos libros nuestros. De todos modos, hasta no conocer su novela no tenía la impresión de que nos pareciéramos en tantas cosas, que los Rodrigo Pola, los Gabrieles y las Normas pudieran coincidir tan ajustadamente con ciertos tipos argentinos que solo se dan en Europa con modalidades muy diferentes. La comprobación es melancólica en casi todos los casos: nos parecemos enormemente en lo malo. Pero no se trata aquí de caer en consideraciones morales.
Me animaré a decirle de entrada lo que menos me gusta de su libro, que me ha gustado tan enormemente que me da, creo, un gran derecho a criticarle lo que le encuentro de menos logrado. Es tan fácil quedar bien con un autor amigo cuando su libro es mediocre y correcto; basta una carta igualmente mediocre y correcta, y todo el mundo encantado. Con usted no se puede, che. Con usted hay que tirarse a fondo, devolver golpe por golpe la paliza que nos pega a los lectores con cada página de su libro. Y por eso el primer reparo (ya me dirá algún día si está de acuerdo con todo esto) nace en razón directa de la magnitud del libro. Usted ha incurrido en el magnífico pecado del hombre talentoso que escribe su primera novela: ha echado el resto, ha metido un mundo en 500 páginas, se ha dado el gusto de combinar el ataque con el goce, la elegía con el panfleto, la sátira con la narrativa pura. No tengo el prejuicio de los «géneros literarios»: una novela es siempre un baúl en el que metemos un poco de todo. Pero, Carlos, salvo para los que conocen como usted su México, todo el comienzo del libro, con sus entrecruzamientos, sus flashbacks, sus asomos de personajes rápidamente escamoteados hasta muchas páginas después, provocan no poca fatiga y exigen una cierta abnegación del lector para salir finalmente adelante. Mi mujer se quedó tan mareada con el comienzo que tuvo que descansar unos días y volver a leerlo; entonces se zambulló de verdad y gozó del libro tanto como yo. En suma: usted se ha despachado su «comedia humana» en un volumen, sin pensar que contaba cosas ceñidamente locales, es decir, muy difíciles para los no mexicanos, y presentaba situaciones que lindan muchas veces con un plano mágico y metafísico (¿o religioso, en el sentido en que lo entiende Teódula?), hasta llegar a una saturación no siempre comprensible. Por supuesto, Ulysses no hace otra cosa, pero creo que Joyce perseguía fines más «literarios» que usted, ponía el acento en la técnica con un propósito de ruptura de moldes vetustos. En cambio su libro, hasta donde alcanzo a sentirlo, es una novela social —uso la palabra corriendo el riesgo de todos los malentendidos—, y tal vez hubiera ganado con un planteo más caritativo para el lector, sobre todo cuando no es un compatriota. Y esto me lleva a señalarle otro reparo. A veces usted se deja ganar por un resentimiento que comparto de sobra, pero cuya expresión literaria me parece contraproducente por exagerada. Pienso, para citarle un ejemplo, en el tono de la página 29. Ahí su estilo, esa admirable intuición que tiene usted de las situaciones vitales y que dan el tono y la fuerza a su libro, degradan al brulote, a lo que usted y yo y muchos sabemos de esos círculos y esas des-concepciones de la vida y la realidad [3]. Y para terminar con las objeciones, una de muy poca importancia en una novela pero que, dado el nivel de la suya, merece señalarse. A veces hay expresiones que usted, en otra edición, seguramente suprimiría; pienso por ejemplo en la p. 229, la frase que empieza: «Al abrir la puerta…». Hay un «momento culminante» (p. 276) y un «tomó asiento en la cama» (p. 302) que son simples inadvertencias. Tampoco me gusta demasiado el retrato de los cineastas (pp. 314 y ss.). No dudo de que sea exacto, pero tiene algo de estereotipado y caricaturesco a la vez; Evrahim no es un ser de carne y hueso y sangre como un Robles o un Zamacona. Y por ahí me paso a lo que me gusta y a lo que me regusta de su espléndido libro: el personaje de Gervasio Pola, admirable de verdad, y su hijo, igualmente y lamentablemente verdadero. La historia de Federico Robles me parece de lo mejor que usted ha escrito. (Siempre que en su libro entran la guerra, las luchas civiles, el pueblo en las calles y en los caminos, se ve que es usted un gran escritor, que deja por completo atrás todos los reparos menores con que lo he aburrido antes). El pasaje a partir de la p. 134 es de los que ya no se olvidan nunca más, como tampoco se olvida toda la parte titulada «Maceualli». No hay que ser un lince para sentir en seguida hasta qué punto usted ha llevado este libro adentro durante mucho tiempo (aunque la obra en sí haya podido ser escrita rápidamente); no cualquiera es Ixca Cienfuegos, no cualquiera puede concentrar en unas páginas la tremenda fuerza que son los destinos de Zamacona, de Rodrigo Pola y de Robles, tan profundamente americanos como presencia de ciertos valores morales y materiales que son la raíz trágica de nuestros pobres países. Además, usted abarca con la misma eficacia la ciudad y el campo, cosa poco frecuente y admirable en la novela, donde o se es como Balzac y Proust, o como Giono o Ramuz. Por si fuera poco, sus diálogos son verdaderos diálogos, no ese extraño producto que inventan tantos novelistas (pienso en Mallea, por ejemplo [4]), como si jamás hubieran hablado con el vecino, con su amante o con el inspector de réditos. Pienso en los excelentes diálogos de Gabriel, Beto y Fifo, y en los de los «niños bien» —tan parecidos en todas partes del mundo, pero tan difíciles de sorprender exactamente en sus diversos grados de prostitución verbal.
Yo no sé si su libro me ha hecho conocer un poco mejor a México. Me basta, por el momento, haberlo conocido mejor a usted y estar admirado de su talento de novelista. En su nota, Emma descuenta que usted puede dar más. ¿Por qué no? Usted debe ser el primero en creerlo. Tiene que creerlo, porque la prueba está a la vista. Nuestros libros nos escriben a nosotros, nos echan hacia adelante o hacia atrás. El suyo, amigo, le ha dado tal empujón que desde ya espero la hora de leer el siguiente. Me queda de México una idea terrible, negra, espesa y perfumada. El miedo anda ahí rondando, el miedo que algunos relatos de Octavio Paz [5], que algunos recuerdos suyos me habían permitido ya entrever. Pero a veces uno tiene miedo de las cosas que está empezando a amar de veras; yo sé que ahora tengo más ganas que nunca de conocer su país, de oír hablar a sus gentes con esa voz y esa gracia con que hablan en su libro [6].
Muchas gracias por todo eso y un gran abrazo le da su amigo
Julio Cortázar
24 bis, rue Pierre Leroux París 7
NOTAS
[1] «Carta abierta a Carlos Fuentes a propósito de su primera novela», Revista de la Universidad de México, n.º 8, abril de 1958: «Pero aún puedes dar más. Que ese más se cumpla; que no se quede en anuncio y en promesa. Con esto acaban mis elogios. Otros te echarán el incienso. Ojalá no te maree. Ojalá adviertas que los prosternados ante la nueva deidad literaria suelen ocultar una sonrisa socarrona contra el suelo».
[2] De la alta sociedad.
[3] Dice esa página: «Todas las mexicanitas rubias, elegantes, vestidas de negro, convencidas de que dan el tono internacional en el triste país pulguiento y roído. Sus maridos, los abogados de éxito, los incipientes industriales, creen estar penetrando (aquí, en todas las fiestas de todos los Bobós) la zona de la recompensa definitiva, de los grandes placeres, del loco éxito».
[4] Eduardo Mallea, frecuente punto de referencia e ironías de parte de JC. Vargas Llosa ha recordado varias veces esta anécdota: «Él y Aurora se burlaban mucho de una frase, que no sé si era cierta o se la habían inventado, de Eduardo Mallea en una novela en la que un personaje entraba a un cuarto y encendía la luz, y ellos decían que Mallea había escrito: “Fulano de tal entró a la habitación y tornó la cerrazón en luz eléctrica”» («El canon del Boom», 2012).
[5] ¿Águila o sol? (México, Fondo de Cultura Económica, 1951), volumen de poemas en prosa también considerados relatos.
[6] Años más tarde, Mario Vargas Llosaofrecería una valoración de la primera novela de CF en su discurso de recepción del Premio Internacional Carlos Fuentes (2012): «Se ha dicho que La ciudad y los perros fue cronológicamente hablando la primera novela del Boom, pero creo que sería más justo decir que ese papel pionero, anunciador del Boom, debe concederse a la primera novela de Fuentes, La región más transparente, que apareció en el año 1958, es decir, cinco años antes que la mía […] Fue acaso la primera novela latinoamericana que rompió el aislamiento en que hasta entonces nacían, vegetaban y morían tantas novelas que, por falta de editoriales y la balcanización cultural de nuestro continente, solo se ponían al alcance de mercados minúsculos, y pasaban por lo tanto desapercibidas del gran público».





