Hay libros que sorprenden

 

AUGUSTO BIZKARRA

 

Hay libros que sorprenden. No por su tema ni por su trama. Sino por sus personajes, por la forma como están escritos y por la estructura narrativa que los viabiliza. Este es el caso de Los tres caminos paralelos: un libro que solo en apariencia muestra tres líneas narrativas discurriendo unas a la par de las otras. Y esto puede llegar a creerse de tal modo si se lee el libro de forma inocente, como se leen las recetas de cocina o los partes de guerra.

     Su autor, Nemesio Osegueda ―un chilango que se fue de ese ‘avispero endemoniado donde solo hay sálvese quien pueda’, según declaró en una entrevista reciente desde alguna calle de Hobart―, quien lleva más de tres décadas escribiendo novelas breves, y Los tres caminos paralelos es una de ellas, pues Osegueda quiere hacernos creer que esos caminos son paralelos, o sea, que nunca se tocan. Y algunos críticos literarios así lo han asumido y han dicho de esta novela que Nemesio ―Mencho, como gusta que le digan―, ha narrado una obviedad. Estas pobres almas en pena (¡eso son casi Todos los Críticos Literarios!) no han entendido ni jota.

     Si hubieran contado la cantidad de palabras que tienen cada una de las tres partes en que se divide la novela, habrían descubierto que es la misma. Eso, que puede ser una mera casualidad, en realidad es un propósito. Como la lectura que estos señores (y señoras) hacen es apresurada y mal intencionada, no dedican ni un segundo a observar detalles como los que Mencho deja regados en su novela. He aquí solo tres: 1) hay 15 palabras que se repiten de forma insistente en las tres partes y todas comienzan con la letra ‘l’: limones, laureles, lencería, luna, lejos, locura, liliputienses, lenguones, lastimeros, lelos, lana, leña, leonino y lustre; 2) la última palabra de todos los puntos y aparte siempre es ‘paralelos’ y 3) los tres personajes principales de cada una de las tres partes siempre están desvariando, aunque parecen ser imaginativos, en realidad se mueven en zonas undívagas, como si se deslizaran sobre melocotones en almíbar.

      Mencho es un juguetón empedernido y hace estas cosas para burlarse de la adusta crítica literaria que, como los profesores de literatura de todos los niveles, no entienden de literatura. En este sentido, Mencho es deudor de un libro como Los autonautas de la cosmopista, de Julio Cortázar, y de Op Oloop y de Urumpta, de Juan Filloy.

     La trama de Los tres caminos paralelos no es deslumbrante, pero sí curiosa: los tres personajes principales de cada una de las partes participan en cada una de las partes, aunque enmascarados en otros personajes, y en las tres partes siempre los acusan de algo: plagio, malacrianza, desidia…Pero eso no les importa y siempre logran su objetivo que, para variar, es de una irrelevancia sublime.

     El tema de Los tres caminos paralelos solo es uno: la impostura.

     Una vez más, los inefables críticos literarios se han quedado silbando en la loma.

     Pero no todo son parabienes para Mencho. Los tres caminos paralelos es un libro que tiene tres defectos. El primero no se nota mucho, pero si se aguza la vista es fácil dar con él: los pájaros que aparecen allí mencionados (Yellow Wattlebird, Green Rosella, Dusky Robin, Tasmanian Thornbill, Swift Parrot) no son de la tierra donde nació Mencho, sino que son los pájaros habituales de Hobart. Y esto es un poco incongruente con los escenarios típicos chilangos que en la novela se muestran. El segundo es más leve, pero también es un problema: Mencho lleva más de veinte años viviendo en Hobart (otros chilangos, más ríspidos, llevan mucho más en Hobart) y, quiérase o no, ha ‘perdido’ el humor chilango y lo ha querido sustituir por una sorna que a veces incomoda como el chile jalapeño. Y el tercero, casi imperceptible, se refiere a un refrán. Mencho dice en Los tres caminos paralelos que el primero que dijo que todos los gatos son pardos fue Carlos Fuentes, y yerra, porque en realidad fue Mateo Alemán en Guzmán de Alfarache, en el siglo XVI.

 

 

 

 

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