Homo Pop-Crash

 

RODRIGO FRESÁN

 

Desde Madrid

UNO «Andy Warhol es pop y Jackson Pollock es crash», es el tipo de cosas que se dice Rodríguez cuando se queda sin palabras. Y así y ahí está ahora: mudo y sin aliento ―pero tan alentado― en el Museo Thyssen donde cuelgan el esmirriado autómata y maníaco referencial Andy y el musculoso autónomo autorreferencial Jackson como pareja dispareja de opuestos complementarios. Ahí, en Warhol, Pollock y Otros Espacios Americanos, comisariada por Estrella de Diego, autora del publicado en 1999 y recién reeditado y repintado Tristísimo Warhol: ensayo sin error donde ya comulgaban los dos pintores más reflejos y automáticos y hacedores y deshacedores del Made in USA.

DOS Y se sabe ―lo sabe Rodríguez― en esto de la neo-museología hay mucha tontería (contracción de tonta-teoría) y arbitrariedad psicótica a la hora del capricho mix-rejuntador poco cuajado. No es el caso de lo que propone y dispone De Diego: los provincianos Pollock (Wyoming 1912-1965) y Warhol (Pittsburgh 1928-1987) a la conquista de Manhattan para cambiar el mundo. Y la demostración de De Diego (Madrid, 1958) de que ni el expresionismo abstracto del primero es tan abstracto ni el pop del segundo es tan figurativo. Y así ―según Guillermo Solana, director artístico del Thyssen― montar exposición «no a favor del canon sino para desafiarlo». Y hacer correr una misma electricidad que electrifica a Pollock y a Warhol. Y electriza a quien los contempla caminando. Pero allí abundan también (puede oírlos como si los leyera) los que vociferan un «no se entiende» en lugar de susurrar un «no lo entiendo». Y los que se quejan de tanto nombre-cita-etiqueta en uno y de los «garabatos” del otro que ―comentario clásico― «hasta mi hijito podría hacer». Y, sí, saben de antemano que esos dos artistas no les van a gustar; pero aun así aquí están, porque  les gusta tanto afirmar que no les gustan. Allá y acá ellos quienes lo que  entienden y hacen es no dudar ni demorar en tomarse selfies de espaldas a todo eso. Y después subirse de frente a sus pequeños museítos on-line privados de todo talento. Salvedad (des)hecha del talante de comentarse asociándose a sí mismos y entre ellos ―de una pantallita a otra como único marco― sabiendo que jamás gozarán de retrospectiva antológica alguna; que todo eso se perderá no como lágrimas en la lluvia sino como, apenas y no a duras penas, lagañas en la ducha. Aquí vienen, así les va. Se ruega ―pedido que en verdad es una orden― no tocarlos. Y así Rodríguez sigue sin mirarlos a ellos y sigue viendo a lo de Pollock y Warhol ―he aquí una de las virtuosas condiciones del verdadero arte― como si los viese por primera vez.

TRES Y lo primero que vio Rodríguez al entrar a la exposición son dos Pollock formidables, a modo de Big Bang, de explosivo y líquido estallido preservado en el momento mismo del asunto y manteniendo intacto el efecto de su onda expansiva hasta el día de hoy. Y, a continuación, a pocos pasos, lo que vendría a ser Piedra Rosetta/Cáliz Sagrado de la Tesis De Diego: dos botellas de Coca-Cola, de Warhol-Cola. La primera (de 1961) todavía con manchas y pinceladas que, de algún modo, referencian y hasta homenajean a lo expresivo de lo abstracto. La segunda (de 1962) ya casi tan fiel al original que instantáneamente accede a una originalidad casi extraterrestre: el envase de gaseosa visto y apreciado con los ojos de aquel Mano admirando cafetera en El Eternauta. Rodríguez lee que, por entonces, Warhol los colgó juntos en su estudio y le preguntaba a quienes lo visitaban cuál de las dos les gustaba más. Y ya pueden imaginarse lo que la mayoría le respondió.

CUATRO Pero, ah, nada se pierde del todo (o si se pierde lo hace con la vocación de lo que se sabe será encontrado, reencontrado) y todo se transforma. Y se sabe: hay fotos, muchas, que revelan a ambos pintando en el suelo, sus grandes lienzos acostados. Y se sabe también y aquí está: en los ’70s Andy gotea sus Pinturas de orina Oxidaciones Sombras; y a principio de los ’80s y ya cerca del final ―cuando Warhol es más marca registrada que nunca― decide pollockizarse con la serie Hilos y la constante recurrencia de todas esas serigrafías con (in)mortales accidentes de autos… Ah, pocas cosas le gustan más a Rodríguez que leer sobre pintura: le fascina el modo en que se pone en tinta (el talento que hay que tener para hacerlo bien) la pintura y se la describe y escribe. Y (mientras se relaja pero no se distrae con las obras de las estrellas invitadas por De Diego: Rauschenberg, Fine, Flack, Marisol, Ryan, Krasner, Sterne, LeWitt, Twombly, Frankenthaler y ese portentoso Rothko descendiendo desde la colección permanente del museo como un crepúsculo alien en Urkh-24; y tal vez Rodríguez extrañe un poco la presencia y extrañe la ausencia de los jacksonwarholianos o andypollockistas Schnabel o Basquiat) Rodríguez piensa en todo lo que leyó cerca y acerca de estos dos. De Jack El Salpicador Pollock, claro, la monumental y ganadora del Pulitzer biografía de Steven Naifeh y Gregory White Smith (interpretada en el cine por Ed Harris y, no exactamente sobre él pero sí sobre su modus operandi y espíritu, ese brillante segmento de Martin Scorsese para el film colectivo New York Stories con Nick Nolte en plan derviche tourneur); y el curioso I Am Not Jackson Pollock de John Haskell y las novelas de Kurt Vonnegut (Barbazul, donde se postula que «La ejecución de pinturas es a la escritura lo que el gas hilarante a la influenza asiática») y de John Updike (Busca mi rostro). De Drella Warhol no dejan de aparecer nuevos libros; y el último que sumó Rodríguez a su colección es Warhol’s Muses del femme-chismógrafo Laurence Leamer (quien ya se había metido con las Mujeres Kennedy, los Cisnes de Capote y las Rubias de Hitchcock); y hace poco volvió a esa docuserie sobre sus Diarios con su voz artificial e inteligente. Y el empelucado Warhol advertía que «si quieres saberlo todo sobre Andy Warhol, nada más tienes que fijarte en la superficie de mis cuadros y películas, y de mí mismo. No hay nada detrás de eso… Yo solo quiero ser una máquina sin problemas». Y el calvo Pollock solía confesar con orgullo y soberbia y tracción a sangre que «cuando estoy en mi pintura, no soy consciente de lo que hago».

CINCO El imprescindible catálogo de la exposición (que también incluye muy interesante/graciosa conversación con el pintor argentino Guillermo Kuitca: «Hoy en día estamos muy acostumbrados a ver los Pollocks frontalmente. Está bien, son increíbles, y creo que le hacen justicia. No obstante hemos perdido la ida y vuelta de un punto a otro y no sé si valdría la pena recuperar algo de ese doble juego de rotación» y «Honestamente, no creo que vaya a poder comerme una sopa Campbell en mi vida. No es que me disgusten, pero sé que nunca voy a poder abrir una sin sentir la angustia de atragantarme con pintura») cierra, como la muestra, con fotogramas de esos tests de cámara a celebridades de paso por The Factory: Duchamp y Dylan y Edie Sedgwick y Dalí y Lou Reed y Sontag mirando a cámara. Pollock ―por razones obvias― no está, no estaba ya en ninguna parte salvo en sus cuadros. Warhol ―muy ocupado de y en y por los demás― tampoco.

Ahora, en el Thyssen, tan estelares y estrellados, están juntos y junto a Rodríguez: el crash del Oldsmobile descapotable del tabernario Pollock, el pop de la vesícula biliar del hospitalario Warhol.

 

1 diciembre 2025

pagina12.com.ar

 

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