Prólogo a Memorias del subsuelo
RAFAEL CANSİNOS-ASSENS
[Sevilla, 24 de noviembre de 1882 – Madrid, 6 de julio de 1964]
Dostoievski está enfermo, enfermo de un mal prosaico: tiene hemorroides. Se encuentra en la incómoda situación de un hombre que no puede estar sentado ni en pie: posición de crucificado, para pasar revista a todas las cosas y decir las siete palabras definitivas. Dostoievski tiene hemorroides; pero estas le duelen en el corazón, que es donde a él le duele todo. Acaba de regresar del extranjero, después de liquidar sus últimas ilusiones con Polina Suslova y de perder sus últimos cobres en la ruleta. Todo le ha sido hostil, y vuelve de ese viaje vacío de todo. Y como para añadir el sarcasmo al dolor, en vez de un aneurisma tiene unas prosaicas hemorroides, como el grotesco príncipe de El sueño del tito.
Dostoievski está en Moscú, al lado de su esposa, esa frágil y vaporosa María Dmitrievna, que agoniza en una tisis que le presta su morboso encanto. El novelista vela su fiebre, paseando por la habitación, y de cuando en cuando se detiene en su actitud de crucificado y hunde la mirada en su pecho, en el abismo interior, cual si fuera él quien agoniza. ¿Por qué es él tan desdichado? ¿Por qué, teniendo en su alma tal cantidad de simpatía para todos, ávida de darse y que se le escapa por el pecho agujereado, solo encuentra en los demás antipatía y recelo? ¿Son los culpables los otros, o es él mismo el que tiene la culpa, por efecto de una innata torpeza, que malogra su gesto de amor? ¿Por qué Quijote de la ternura, sus más nobles efusiones han de ir subrayadas por el ridículo? (Ahora mismo tiene hemorroides, cuando es el corazón el que le duele.) ¿Y por qué, sobre todo, cuando Jesús -romántico- quiere redimir por el amor a las criaturas, no consigue otra cosa que agravar su miseria, y su palabra de suprema piedad suena a sarcasmo? Ahora mismo, con esa pobre Liza, que se alejó de él llorando y maldiciendo los silencios, ¿no ha parodiado de un modo grotesco el episodio de Jesús con la Magdalena?
Y el novelista hunde la mirada en el abismo interior, en los subsuelos de la conciencia, en esas cuevas, rezumantes y tenebrosas, donde se agitan esas repulsivas alimañas que el hombre, por lo general, evita ver, y que, valerosamente, se desliza por esa cloaca, armado de la linterna sorda que es la mirada de la medianoche. Dostoievski visita los pozos sucios de su personalidad, dispuesto a sacar a la luz toda esa basura. Admirable sesión de psicoanálisis antes de Freud. Dostoievski va a hacer la vivisección del romanticismo en las entrañas de un romántico. El hijo del siglo va a dejar esta vez el corazón para operar en el intestino. Y así van surgiendo estas páginas amargas, desoladas y sarcásticas, en que el gran corazón del mito romántico queda convicto de falsedad y acorralado como una rata en su cueva. «No; tú no eres grande ni generoso. Tú no estás lleno de ese supuesto amor a las criaturas. Tú eres cobarde, sensual y egoísta. Toda tu pretendida grandeza no pasa de la intención: luego tú mismo te asustas de ella y quieres borrar las palabras que dijiste en tus momentos efusivos, porque tus exaltaciones son semejantes a borracheras y no tienen la solidez de la bondad tranquila. Llevaste a tu casa a esa pobre Liza, dispuesto а curar con tu ternura todas las llagas de su corazón, у, cuando la tuviste allí, te faltó tiempo para echarla, asustado de la responsabilidad contraída. Y la desventurada se fue, llorando y sin pedirte nada. ¡Ella sí que tenía corazón! Tú no eres más que un ególatra, un vanidoso, un hipócrita. Tu falsa amorosidad es un ansia de que los demás se fijen en ti y te celebren. Eres orgulloso y misántropo, huyes de la gente, y luego te resientes del abandono que tú mismo provocas, y te crees desdeñado y perseguido. Eres una contradicción grotesca y dolorosa. Eres un corazón con hemorroides.
«Por eso estarás siempre solo, como lo estás esta noche, frente a esa mujer en fiebre, que no te ama, y a la que también defraudó tu ternura con su falsa riqueza. (esposa de un bohemio, mendigo y sablista que ni siquiera le es fiel, pues ahora viene de ser el amant de cœur de una mujer loca.) ¿Que los demás no valen más que tú? ¿Que también llevan dentro su subsuelo? Conformes. Pero ellos, al menos, no alardean de corazón. Te llevan de ventaja el silencio y la economía de sus lágrimas».
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Memorias del subsuelo marca la primera aparición explicita del espíritu demoniaco, subversivo, de la obra de Dostoievski. El hombre anónimo del subsuelo es ese demonio alógico, perturbador, que acompaña e inspira a tantos de sus personajes, conduciéndolos a la ruina, y que ya se desdobló una vez en la lamentable figura del señor Goliadkin. Es el espíritu de las tinieblas que convive en todo individuo con el ángel de las zonas claras, confundiéndose a veces con él, por esa condición angélica que está en la raíz de todo lo diabólico. El hombre del subsuelo siente y habla como un ángel, pero se conduce como un demonio. Pobre demonio, simplemente enredador, porque no tiene los poderes activos ni la técnica enérgica de otros demonios dostoievskianos. El hombre del subsuelo es un pobre diablo, tullido por la costumbre de la oficina y el reuma de su covacha. No cometerá nunca un gran crimen. No sabe ―confiesa él mismo― ser malo ni bueno. Está cogido en su impotencia como en una redoma. Pero late en él la predisposición al delito, en forma de esa creencia mágica en la existencia de algo más que la razón y todos los valores derivados del dogma «dos y dos son cuatro». Su rebelión contra ese dogma matemático, que tiene una trascendencia teológica, lleva ya implícita la llamada a todos los poderes infernales, la caída en todas las herejías y aberraciones. El hombre del subsuelo es un amoral para el que están abiertas todas las posibilidades oscuras. Podrá ser un inductor peligroso, como Svidrigáilov ο Iván Karamazov, cuando tropiece con un alma fuerte e ingenua, no preparada contra la paradoja y el sofisma.
El hombre del subsuelo es una corporización del romanticismo, aunque parezca sublevarse contra él en su odio sarcástico a todo «lo bello y sublime». Es un hombre que se rasca, riendo, su lepra romántica. Como los románticos, se subleva contra la tabla de Pitágoras y admite algo más que las razones causales sintetizadas en los números. Proclama la existencia del elemento fantástico, caprichoso, en la Naturaleza y en el hombre. Niega la racionalidad de la voluntad (Schopenhauer) y que esta se rija por la noción de lo óptimo. Niega hasta el instinto de conservación propio, y se ríe del valor ético de la noción y utilidad. El hombre puede querer su ruina, su destrucción. El hombre del subsuelo es un suicida potencial que se suicida con el universo. Su punto de vista ―la covacha― es análogo al punto de vista de Sirio, solo que no adoptado con severidad filosófica, sino con pasional encono. Su risa tiene mucho de byroniano, y su seudofilosofía es la común a todos los románticos. La primera parte de sus Memorias presenta grandes analogías tonales con el Eureka, de Edgar Poe.
En el fondo, el hombre del subsuelo es un reprimido, en el que se ha alterado el juego normal de las reacciones. De ahí su descontento de sí mismo, su ansia masoquista de autohumillación, claramente expresada en ese paso de sus Memorias en que habla de la voluptuosidad de recibir bofetadas. Más tarde, Leonid Andréiev ha escrito ese drama desolado y magnífico que se titula El que recibe las bofetadas. Nos figuramos que su protagonista debió de hallarse en una disposición de ánimo semejante a la del hombre del subsuelo cuando se lanzó al circo para ofrecer su rostro al escarnio de los golpes. Al hombre fracasado por su propia torpeza, al que su «yo» se le hizo odioso, puede parecerle una fiesta ese vejamen público de su personalidad y ese suicidio desmenuzado y múltiple. El hombre del subsuelo piensa en la voluptuosidad de la bofetada. ¿No será el personaje de Andréiev un mandatario de esa voluntad oscura? ¿Habrá surgido acaso, en la mente de su creador, de la lectura de esas líneas de Dostoievski?
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El hombre del subsuelo puede considerarse, en último término, como el representante de esa célula incomunicable, refractaria a la fusión, que queda siempre en el fondo de todas las razas y civilizaciones. (En el caso ruso el elemento asiático mal avenido con el espíritu organizador de Occidente.) No es tanto su maldad como su insociabilidad lo que caracteriza a ese cavernícola, que resulta un reaccionario, con todos sus tapujos de libertador. Comparado con sus amigos los Zviérkoves y los Simonoves, utilitarios y ambiciosos, aparece, sin duda, más grande que todos ellos, solo que le falta la técnica, la mecánica de su sociabilidad organizada. Ellos representan la civilización, con sus prejuicios y sus grandes faltas morales, pero con ese confort y esa tibia temperatura que el príncipe Valkovskii elogiaba. Él, en cambio, simboliza el desierto desnudo, el imperio de las arenas disociadas, el desierto primitivo y bárbaro, que solo se mueve, a impulsos del simún, en arrebatos efímeros y estériles, como las crisis nerviosas de ese cavernícola genial.
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El hombre del subsuelo, ese nihilista moral que con tan insultante descaro se confiesa en estas páginas con el aire de un flamenco aburrido que rasguea su guitarra y entona el evangelio romántico del cante hondo ―cante hondo o «jondo» es el suyo, cante del subsuelo, de la entraña―, es un verdadero protoplasma dostoievskiano que ha de comunicar su sustancia vital a otros engendros del novelista. Su juego de reacciones, su esquema psicológico, son los mismos que hemos tenido ocasión de observar en otros derivados suyos, más complejos y, sobre todo, más activos, especialmente en el sombrío Raskólnikov de Crimen y castigo. El hombre del subsuelo es un contemplativo que, salvo algunas ligeras travesuras, mantiene su terrible fuerza explosiva en estado de pura potencia; es una teoría, una actitud filosófica o, más bien, lírica; Raskólnikov pondrá en acto toda esa potencialidad rencorosa y dramatizará en una dinámica terrible ese mero gesto agresivo. El hombre del subsuelo tiene una quietud asiática, que Raskólnikov transportará a la clave de la violenta energética de Occidente (tránsito del burócrata al estudiante). El hombre del subsuelo es un poeta, un literato; Raskólnikov es un intelectual, un hombre que lleva al último extremo los dogmas descubiertos por su razón; es un hombre de voluntad, y no escribe sino con el hacha de los viejos corsarios. Pero todas las posibilidades pragmáticas de Raskólnikov se contienen ya en la fórmula teórica del resentido del subsuelo. Este es una prefigura de aquel, de igual modo que Liza, la cortesana, lo es de la Sonia de Crimen y castigo. Dijérase que Dostoievski, al poner a su cavernícola en contacto con Liza, tuvo ya la idea de unir en una fórmula de sociabilidad, aunque rudimentaria, a esas dos moléculas irreducibles de la social alquimia ―el «homo criminalis» y la «mulier» prostituta―, reintegrándolas al cuadro de los valores humanos mediante la magia natural del amor, que es, entre otras cosas, la garantía de las continuidades. El intento, aquí frustrado, se logrará después en Crimen y castigo, donde Rodion Raskólnikov y Sonia Marmeládova —el «homo criminalis» y la «mulier» prostituta― se erigirán, unidos por el amor y por la culpa, en el Adán y la Eva de una Humanidad pecadora y contrita, repitiendo la experiencia bíblica, con ciertos honores de excelencia teológica. (Su pecado los habrá puesto más cerca de Jehová, y habrá sido la fuente viva e inmediata de su gracia. En ellos se habrá consumado el connubio imposible de Cristo con la Magdalena.)
La palabra «subsuelo» que empleamos en la traducción del título es la equivalencia exacta del vocablo ruso «podpolia» (subsuelo, subterráneo). Pero superfluo parece decir que no alude a ninguna localización material, a ningún sótano o cueva en que el protagonista viviese, ya quе, según el texto, Liza, al irse, después de su inútil visita, tiene que bajar unos peldaños para salir a la calle. El subsuelo a que aquí alude Dostoievski debe entenderse en sentido simbólico, como el subsuelo del alma, de la personalidad consciente, la región profunda y tenebrosa donde viven su vida oscura los instintos aherrojados y se elaboran las tragedias; el tártaro de los antiguos mitos, donde habitan sombras ávidas de sangre caliente y humana, las furias y las gorgonas que incuban lo fatal… Todo cuanto escapa al contraste del espíritu. ■
1935






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