Jubilación
RODRIGO BARBA
En mi despedida del trabajo todos celebran mi jubilación. Yo no tengo motivos para hacerlo. ¿Qué de bueno me espera?
Muchos están descontrolados. Alguien grita canciones que nunca he escuchado al son de lo que pone el DJ, el resto ignora mi presencia, creo que para ellos solo soy una excusa para emborracharse, bailar y hacer estupideces. Le dije a Enrique, quien organizó todo, que quería algo tranquilo, sin alborotos, con gente cercana. Le importó un bledo. Hay personas que jamás he visto en mi vida, estoy seguro que trabajan en otro lugar, o estudian el bachillerato, la verdad es que varios de ellos tienen la pinta de tener quince años.
Todo está fuera de tono, como una mezcla de gris con amarillo y magenta.
Busco un asiento, he estado parado en la entrada dando la bienvenida a los recién llegados. El cansancio en las piernas se hace sentir; no soy tan viejo, pero cualquiera estaría cansado de permanecer de pie por una hora y media saludando desconocidos. Quiero irme ya, le manifiesto a Enrique. No, responde, aún no, tenés que esperar el pastel, después podés irte.
Le hago caso y permanezco allí, al fin y al cabo: una rebanada de pastel tiene la facultad de mejorar una mala vida o por lo menos un mal día.
Sentado en un sillón rojo ubicado en la esquina de la sala del apartamento de Enrique veo el cielo desde una ventana. Hace ya varias horas que oscureció. Las estrellas, desde aquí, son una ilusión; las luces de la ciudad entorpecen el ambiente, es más, pienso que lo entorpecen todo. Vivir iluminado en tiempos de penumbras es un vicio del que no se puede salir con facilidad. Un hombre de mediana edad, calvo y con los pantalones hasta al nivel del ombligo interrumpe el pequeño momento de paz reflexiva que estaba viviendo. ¿Es de usted esto?, pregunta y muestra una caja de zapatos. Sí, es mío, gracias, le sonrío y él se sumerge de regreso en la fiesta. Tenía años de no ver esa caja, ¿de dónde la habrá sacado? Quiero abrirla, pero está permeada de muchos recuerdos e historias. Nostalgias, sería más preciso decir. Está llena de nostalgias, viejas alegrías que no son tan alegres cuando se las trae al presente. Añoranzas. De nuevo soy interrumpido, una mujer, de unos treinta y cinco años, toca mi hombro con la delicadeza de quien usa uñas acrílicas y tacones altos. ¿Bailamos?, sugiere.
Espero que el sillón rojo no sea ocupado por nadie más, sería terrible regresar y encontrar a otra persona ahí. Ahora que estoy bailando el DJ lo ha notado y cambió la música, está sonando The times they are a-changing, de Bob Dylan. ¡Qué deprimente! Todos se han sentado y únicamente bailamos la mujer y yo. Ella pega con firmeza su cuerpo al mío. Damos pasos lentos, exactos. La canción dura tres minutos, ninguno de los dos intenta hablar; al terminar, ella se va por un lado y yo busco el sillón rojo de la esquina. Está libre. Los minutos se deshacen como castillos de arena al ser bañados con los remanentes de una ola moribunda.
La caja de zapatos y la mujer con la que bailé son elementos extraños de esta realidad difusa.
Pienso: no tengo hijos, no tengo esposa, podría decirse que nadie me espera en ningún lugar. Sin embargo, decido salir a escondidas de la celebración e ir a casa, la quimera de creer que algún viejo amor o antigua amistad aguardará por mí me arrastra y guía mis acciones.
Recorro la parte más decente de la ciudad en auto, casi nada de lo que veo llama mi atención. Llego a casa y hago un alto en la entrada, en la puerta. Doy dos golpecitos, suaves, casi imperceptibles. Sin respuesta. Otros dos golpes, fuertes, suceden a los anteriores. Confirmo mis sospechas: nadie me espera.
Si se hiciera una película basada en mi vida llevaría por título: La desazón de un hombre solo. Y es que eso es lo que soy. Lo que he sido.
Tal vez sea mejor regresar al apartamento de Enrique con toda esa gente y la algarabía y la música y las cajas de zapatos y las mujeres que invitan a bailar que salen de quién sabe qué lugar; al fin y al cabo, una rebanada de pastel tiene la facultad de mejorar una mala vida.
O no.
Artes Visuales: Doug Rodas

