Al final de una tarde de octubre de 1994

 

Mario Lungo Uclés

[Tegucigalpa, 8 febrero 1943 – San Salvador, 9 mayo 2005]

 

Al final de una tarde de octubre de 1994, caminando por una calle empedrada en una pequeña ciudad del oriente salvadoreño, le pregunté a mi acompañante, una joven mujer que viajaba cada dos meses hacia Los Ángeles, California, en vías de negocio, cuál era para ella su comunidad, qué representaba el pueblo donde había nacido, crecido y formado su familia.

     Se quedó sonriendo y callada. Dudó un largo rato y luego me dijo: «Mirá, realmente no sé. Antes de la guerra toda mi familia vivía en este pueblo. Con la represión y la crisis económica el mayor de mis hermanos decidió irse ilegalmente a Estados Unidos. Logró pasar y consiguió trabajo. Comenzó a enviar dólares a mis padres y poco a poco mis otros hermanos tomaron la decisión de hacer lo mismo. Se llevaron dos de ellos, los casados, a sus familias. Quisieron que nuestros padres se trasladaran a California. Ellos hicieron el viaje, pero se regresaron asustados del tamaño de la ciudad. Yo me casé y mi esposo, que es profesor en el pueblo, no tiene la menor intención de abandonar este lugar. A mí también me plantearon la posibilidad de irme. No acepté, pero viajé a Los Ángeles durante las vacaciones de fin de año y varios vecinos y amigos me pidieron que les llevara a sus familiares diferentes cosas, comidas típicas principalmente. Me di cuenta de que este trabajo podría darme ingresos que complementarían el poco salario que recibe mi marido. Llevo ya más de cuatro años de viajar frecuentemente a los Estados Unidos, donde me quedo dos o tres semanas cada vez que voy. Cuando me pongo a pensar cuál es mi lugar siento que, aunque sigo siendo salvadoreña y estoy a gusto en este pueblo, también siento que soy parte de mi familia que vive en Los Ángeles, comparto sus preocupaciones y he ido adquiriendo muchas de sus costumbres. Entonces no sé, soy de aquí, pero parece cada vez más que también soy de allá». Sonrió cálidamente al decir la última frase y se despidió rápido al llegar a la esquina.

     A lo largo de los últimos dos años a través de la visita a numerosos lugares del país, en conversaciones con múltiples personas he ido adquiriendo conciencia de las profundas transformaciones que la migración internacional está provocando en la cultura nacional, en las percepciones y en las valoraciones sobre el país y sus comunidades, sobre los países vecinos y sobre el país lejano donde viven y trabajan muchos salvadoreños. Transformaciones que desbordan ampliamente la dimensión económica. Este fenómeno, en el contexto de América Latina y el Caribe, me condujo a pensar sobre su situación actual y sobre su futuro.

     Dos procesos centrales cruzan la realidad actual de nuestros países: por un lado, una profunda reforma económica que prefigura la nueva forma de acumulación que se está imponiendo y que tiene como corolario una contradictoria tensión entre integración y globalización; por el otro, una democratización parcial de la sociedad y el Estado donde el ámbito de lo local ocupa un lugar privilegiado.

     Presenciamos así el retorno de los actores locales que habían sido sumergidos por la ola centralizadora del modelo de desarrollo que se desplegó desde mediados del siglo XX, mientras a la vez ocurre un nuevo momento de transnacionalización de otros actores nacionales, modificando radicalmente las reglas del juego social y político, y la institucionalidad en que ellas descansan.

     Son los tiempos de las instituciones y los organismos internacionales multilaterales. Son los tiempos de las intervenciones multinacionales que desdibujan la soberanía nacional, tan ardientemente defendida en los años anteriores. Se habla con entusiasmo de integración, pero se trata de una integración limitada, de nuevo tipo, cuyo perfil es aún muy difuso. Se debate la descentralización, pero en ella inciden factores que van más allá de las fronteras nacionales y continentales. Como todo momento de transición, hay más dudas que certidumbres, pero es también el tiempo propicio para construir nuevas utopías.

     En esta búsqueda quiero volver a ver los sectores populares que están siendo los más afectados por la transición en curso. Quiero retornar a ellos aprovechando la conversación que tuvimos en esa tarde de octubre en la pequeña ciudad de Santa Elena con mi amiga viajera, para pensar que los procesos descritos han ido configurando verdaderas comunidades transnacionales que están en la base de nuevas percepciones y valoraciones sobre el significado de la familia, de la comunidad local, sobre el concepto de nación, alrededor del papel del país en el contexto internacional. En estas comunidades, la juventud y la mujer tienen un papel protagónico. Emerge entonces la certeza de que nuestros países deben efectivamente promover procesos de integración para evitar ser arrastrados por la vorágine de otro nuevo orden internacional que conduce a desigualdades más profundas que las precedentes entre los países y entre los distintos sectores sociales, donde el surgimiento de «tigres» va acompañado de un devastador y depredador empobrecimiento de otras naciones. Estos procesos de integración se revelan como necesarios, pero deben trascender la dimensión económica y ser un instrumento para un desarrollo socialmente sostenible a nivel nacional y equitativo a nivel internacional.

     En la construcción de estos nuevos espacios de integración debe considerarse la formación de las comunidades transnacionales que surgió transparentemente de la conversación descrita y que había sido adelantada por la discusión con otros investigadores preocupados por esa temática. El papel de los intelectuales de América Latina y el Caribe en este esfuerzo es claro. El instrumento que imaginamos es el incesante trabajo de comunidades transnacionales de investigadores, basándose en la creatividad y conciencia social que los ha caracterizado durante las décadas precedentes.

  

«América Latina. La visión de los cientistas sociales», Nueva Sociedad, No. 139, septiembre-octubre,1995, pp. 60-164.

  

 

 

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