La república del silencio
JEAN-PAUL SARTRE
Jamás fuimos tan libres como bajo la ocupación alemana. Habíamos perdido todos nuestros derechos y, ante todo, el de hablar; diariamente nos insultaban en la cara y debíamos callar; nos deportaban en masa, como trabajadores, como judíos, como prisioneros políticos; por todas partes, en las paredes, en los diarios, en la pantalla, veíamos el inmundo y mustio rostro que nuestros opresores querían darnos a nosotros mismos: a causa de todo ello éramos libres. Como el veneno nazi se deslizaba hasta nuestros pensamientos, cada pensamiento justo era una conquista; como una policía todopoderosa procuraba constreñirnos al silencio, cada palabra se volvía preciosa como una declaración de principios; como nos perseguían, cada uno de nuestros ademanes tenía el peso de un compromiso. Las circunstancias a menudo atroces de nuestro combate nos obligaban, en suma, a vivir, sin fingimientos ni velos, aquella situación desgarrada, insostenible, que se llama la condición humana. El exilio, el cautiverio, la muerte que el hombre enmascara hábilmente en las épocas felices, eran los objetos perpetuos de nuestra preocupación, y sabíamos entonces que no son accidentes que uno pueda evitar, ni siquiera amenazas constantes pero exteriores, sino que debíamos ver en ellos nuestra suerte, nuestro destino, la fuente profunda de nuestra realidad de hombres. Segundo a segundo vivíamos en su plenitud el sentido de esta frase trivial: «Todos los hombres son mortales». Y la elección que cada uno hacía de sí mismo era auténtica puesto que la realizaba en presencia de la muerte, puesto que ella siempre habría podido expresarse bajo la forma: «Antes la muerte que…». Y no me refiero a ese grupo escogido que formaron los verdaderos soldados de la Resistencia sino a todos los franceses que, a todas horas del día y de la noche y durante cuatro años, dijeron no. La misma crueldad del enemigo nos llevaba hasta los extremos de nuestra condición, forzándonos a formularnos las preguntas que se suelen eludir en tiempos de paz. Todos aquellos de nosotros —¿y qué francés no se vio, en una oportunidad u otra, en tal caso?—, que conocíamos algunos detalles relativos a la Resistencia, nos preguntábamos con angustia: «¿Resistiré si me torturan?». De este modo quedaba planteada la cuestión de la libertad y nos hallábamos al borde del conocimiento más profundo que el hombre pueda tener de sí mismo. Pues el secreto de un hombre no es su complejo de Edipo o de inferioridad sino el propio límite de su libertad, su poder de resistencia a los suplicios y a la muerte. A quienes desarrollaron una actividad clandestina, las circunstancias de su lucha aportaron una nueva experiencia, pues ya no combatían a la luz del sol como soldados sino que, perseguidos en la soledad, arrestados en la soledad, resistían a las torturas en el desamparo y la desnudez más completos: solos y desnudos ante verdugos bien afeitados, bien alimentados, bien vestidos que se burlaban de su carne miserable y a quienes una conciencia satisfecha, un poderío social desmesurado daban todas las apariencias de tener razón. Y, sin embargo, en lo más profundo de aquella soledad, defendían a los demás, a todos los demás, a todos los camaradas de resistencia; una sola palabra bastaba para provocar diez, cien arrestos. Semejante responsabilidad total en la soledad total, ¿no descubre acaso nuestra libertad? Aquel desamparo, aquella soledad, aquel riesgo enorme eran los mismos para todos, para los jefes y para los soldados. Tanto sobre quienes llevaban mensajes cuyo contenido ignoraban como sobre quienes decidían, sobre todos los miembros de la Resistencia pesaba una sanción única: la prisión, la deportación, la muerte. No hay ejército en el mundo en que haya pareja igualdad de riesgos para el soldado y el generalísimo. Por esa razón, precisamente, la Resistencia fue una democracia verdadera; tanto para el soldado como para el jefe había el mismo peligro, la misma responsabilidad, la misma libertad absoluta dentro de la disciplina. Así se constituyó, entre las sombras y en medio de sangre, la más fuerte de las repúblicas. Cada uno de sus ciudadanos sabía que se debía a todos y que solo debía contar consigo mismo; cada cual realizaba, en el desamparo más total, su papel histórico. Cada cual acometía, contra los opresores, la empresa de ser sí mismo irremediablemente y, al elegirse a sí mismo en su libertad, elegía la libertad de todos. Era preciso que cada francés conquistara y afirmara a cada instante contra el nazismo aquella república sin instituciones, sin ejército, sin policía. Henos aquí ahora frente a otra república: ¿no es deseable que conserve a la luz del sol las austeras virtudes de la república del silencio y de la Noche?
Lettres Françoises, 1944.


