Notas para un estudio sobre Manuel Enrique Araujo
ALBERTO MASFERRER
[Alegria ―antes Tecapa―24 de julio de 1868 – San Salvador, 4 de septiembre de 1932]
Cuatro hombres singulares hay en nuestra historia política, todavía no comprendidos, que serán algún día, cuando se cultive aquí la dramática y la novela histórica, figuras de relieve profundo.
El primero en el tiempo, Gerardo Barrios, propio fuera para ser novelado por Alejandro Dumas; el segundo, Francisco Menéndez, podría culminar en una tragedia de Corneille; el tercero, Tomás Regalado, exigiría toda la comprensión anuente y penetrante de Carlyle; el cuarto, Manuel Enrique Araujo, necesitaría un auscultador de cerebros y de corazones a lo Dostoievski.
¡Qué gracia, qué simpatía, qué interés novelesco en esa figura de Barrios, tan arrebatada y magnífica, tan valerosa y candorosa, que más que un hombre de gobierno parece un mozo de veinte años corriendo aventuras desaforadas!
¡Qué respeto y qué veneración en ese Menéndez, sencillo labrador que tal cual vez empuña la espada en defensa de causas siempre nobles, y luego vuelve, sin hablar ni ostentarse, a su habitual faena de cultivar el campo y la familia; que ya anciano, urgido por la necesidad imperiosa, acaudilla la más fecunda de nuestras dos únicas revoluciones, y ya en el gobierno, se rige estrictamente por aquella máxima suya de ‘preferir a sus principios a sus amigos’; y por ser tan recto y candoroso, perece, víctima de tramoyas oscuras, que sus ojos ingenuos no quieren ni pueden inquirir.
¡Qué lividez, qué vértigo en aquel Tomás Regalado, de ojos fríos y estáticos, de sonrisa borrosa y fugaz, de andar pausado y leve; hombre en quien yacen como dormidos el gesto, la palabra, el ademán, el tono y el mirar, y cuantas veces dio la naturaleza a los hombres para mostrar el alma; hombre de tal poder individual, concentrado y magnético, que él solo, sin descubrirlo a nadie ni pedir a nadie consejo, derriba un gobierno, deshace la Federación, trastrueca las relaciones entre los Estados , impone a los tiranos vecinos sus miras y sus caprichos, desecha los usos diplomáticos, entrega el poder, sin que nadie se atreva a insinuárselo, con la certeza física de que es él, mientras viva, el único que puede y manda; que un día ―caso único― lleva la guerra a un país vecino, como un improvisado Condottieri, con la decisión y desembarazo de quien tuviera consigo la autoridad, la opinión pública, la razón y la fuerza… y cuando se convence de que el destino se niega a secundarle, avanza a que le maten, así, pausadamente, sin voces ni gestos ni ademanes… como de costumbre, como siempre.
Y, en fin, qué melancólica e insaciada cavilación frente a ese otro enigmático, Manuel Enrique Araujo, en quien la tragedia culmina, porque es él quien más larga, tenaz deliberada y obstinadamente lucha para alcanzar el poder; y cuando ya lo alcanza, después de subir lento, perseverante, aferrado al éxito con todos sus anhelos, fija la mirada en la cima, como un halcón asciende en constrictoras espirales tras de una garza real difuminada allá en lo alto; cuando por fin alcanza el poder, tras de una serie de batallas y de victorias: la carrera concluida, la fama conquistada, la posición social, la riqueza, el prestigio, la órbita dilatada y creciente de amigos y favorecidos, la dominación política, en fin…entonces , comenzado a penas el acarreo y selección de los materiales para edificar la pirámide… entonces, un extraño imbécil, semibestia, un brazo esgrimido por la codicia, la envidia y el rencor, de un tajo aniquiló aquel afán de tantos años, aquella torre de tantos sueños, aquel pedestal amasado con tantos anhelos y voliciones, sobre el cual debía erigirse quién sabe qué estatua desmesurada a los númenes de la cultura y del bien…
Porque si alguna cosa ha de parecer cierta a quienes estudian la vida de aquel Gran Fracasado, es que esa vida se desarrolló toda ella en torno de un pensamiento central y dominante; como una honda que gira largamente sobre la cabeza del hondero, para ir con toda la fuerza acumulada a herir en un solo punto ya con insistencia avizorada.
En qué momento de su vida aquel hombre se dijo así mismo, clara y rotundamente, que se proponía alcanzar el poder; en qué momento las informuladas ambiciones, presionantes e inexpresadas se cristalizaron en un concepto y encontraron una expresión franca e impulsora, sería enigma indescifrable. Pero que ya desde muy joven iba él derechamente a su fin alto y difícil, es fácil de advertirlo por algunos rasgos de su vida, que trajo el azar a mi conocimiento.
Uno de esos rasgos, singularmente revelador, es el que ahora he de contar.
En los días en que San Salvador se embriagaba con el triunfo reciente del general Menéndez, por agosto de 1885, Araujo terminaba lúcidamente su carrera de médico. Era él de aquel grupo brillante de discípulos del doctor Álvarez; uno de los cinco o seis que luego fueron, como de ellos se esperaba, ilustres cirujanos y acertados clínicos.
No cumpliera aún los veinticinco años, y aún se alojaba en su modesto cuarto de estudiante, frente donde es hoy la Sala Cuna. Por allí solía vagar una infortunada mujer del pueblo, cincuenteña, agobiada desde quién sabe cuándo, por un bocio enorme, que hacía su andar penoso, arrastrado y doliente.
Todo San Salvador conocía a esa infeliz, y todos la compadecían, no sin encarnecerla más de una vez. No tenía esperanza de librarse de aquel suplicio, porque en aquel tiempo (ahora no sé) extirpar un bocio se juzgaba operación riesgosa., más aún, peligrosa en que la muerte era el resultado probable, demasiado probable; y la mujer, es claro, no acababa nunca de resolverse a correr la tremenda aventura.
Una mañana, tres o cuatro días después de que Araujo recibirá su título de doctor, y en momentos en que varios amigos le visitaban, la mujer del bocio pasó… Viéndola, el doctor anduvo presurosamente hacia la puerta.
―¡Señora!
―Señor…
―Venga. Oiga: si quiere, yo le quito mañana ese estorbo, y dentro de ocho días está buena.
Palideció la mujer. Dijo que moriría. Que no tenía para pagar la operación. Que le faltaría el valor. Que preferiría vivir así…
―No tenga miedo, no le costará nada: yo la operaré sin ganarle, y además le daré cuanto necesite. Eso de que puede morir, no se lo ha dicho un médico; nosotros sabemos bien que es cosa fácil, sin peligro, y lo hacemos a cada rato. Véngase mañana, sin falta. Dentro de ocho días me dará gracias, porque va a saber lo que es vivir a gusto. La espero a las once.
La mujer, alentada, esperanzada, sugestionada, seducida, dijo que sí, que volvería, y que se salvaría, ¡primero Dios!
Ya solos, uno de los amigos, inquieto, alarmado, le increpó:
―Manuel, si matas a esa mujer, mañana por la tarde lo sabrá todo San Salvador, y tu carrera se acabó para siempre… Es la ruina…
―Sí, respondió ―con aquella sonrisa tan suya, fría benévola e irónica―: Pero si la salvo, mañana por la tarde lo sabrá todo San Salvador, y mi carrera estará asegurada para siempre… Es el triunfo.
*
* *
Tal se mostraba ya el hombre desde entonces: yendo a su fin, sin reparar mucho en los medios; dispuesto de antemano a pagar al destino el precio que este le fijara. Tal se insinuaba ya, aquel que veinticinco años más tarde, en la embriaguez del triunfo, dejó entrever todo su secreto en aquella frase imprudente: ‘Iré, si es necesario, más allá de la ley…’.
No fue más allá.
No fue, porque el destino, en una liquidación prematura, le exigió un precio excesivo y perentorio… la vida.
Y hubo que pagar… ■
El Día, Año I, No. 34, viernes 9 de febrero, San Salvador, 1923, pp. 1 y 4.







