Sandino, «un hombrecillo escurridizo vagabundeando en las montañas»
THOMAS DODD
Había otro formidable elemento también trabajando en Nicaragua con extraordinaria persistencia para destruir las estructuras políticas del país, desalojar del mismo a los Marines y dar al traste con la supervisión de las elecciones.
Se trataba del rechazo violento a la intervención americana dirigido por Augusto C. Sandino, un hombre que carecía de pensamiento político y cuya ideología se centraba en la expulsión de los yanquis del país.
Sandino había alcanzado notoriedad dentro de las filas del Partido Liberal antes de que las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos regresaran a Nicaragua en 1927. De acuerdo con un escritor, «… fue en México que comenzó a pensar sobre la dominación americana en Nicaragua y a formar una filosofía social y política de que los problemas de Nicaragua se basaban en los políticos y en el imperialismo americano» (1) En 1926, el guerrillero se había unido a José M. Moncada en su campaña para derrocar a las fuerzas conservadoras de Adolfo Díaz alcanzando así fama y popularidad. Durante la guerra civil, los hombres de Sandino conocieron la sinceridad del esfuerzo por arrojar a los conservadores del poder, pero no se les ocultó que su líder ambicionaba la jefatura del Partido Liberal después de la victoria. (2)
Cuando Sacasa escogió a Moncada para entrevistarse con Henry Stimson en Tipitapa, se hizo evidente la confianza que el jefe del gobierno rebelde de Puerto Cabezas tenía en Moncada. Moncada se convirtió, después de Sacasa, en el miembro más popular del partido y en su vocero más vigoroso.
Esto constituyó un serio golpe para las esperanzas de Sandino de llegar a ser el heredero de la posición de Sacasa. Sandino había confiado en que Moncada, al menos, le permitiría participar en las negociaciones con Stimson como reconocimiento a sus esfuerzos en la guerra civil. Pero no tardó mucho en sufrir una amarga desilusión. En lugar de solicitar la opinión del líder rebelde sobre los muchos problemas que entonces afrontaba el ejército liberal, Moncada demandó públicamente que Sandino disolviera sus tropas y aceptara un acuerdo pacífico. La humillación de Sandino no pudo ser mayor. (3) De ahí que, cuando Moncada convino finalmente en deponer las armas, le fuera fácil persuadirse de que el jefe del ejército liberal había vendido al partido por el clásico plato de lentejas: el apoyo de los Estados Unidos a sus aspiraciones presidenciales. (4).
Así, en mayo de 1927, poco después de la conclusión de la conferencia de Tipitapa. Sandino decidió proseguir su propia lucha contra el Partido Conservador y, sobre todo, hacer un intento por eliminar a Moncada de la jefatura liberal. (5) «En la primera oportunidad», dijo Sandino en cierta ocasión, «se venderá a los americanos; tenemos que salvar a la revolución de las manos de Moncada». (6) No costó mucho trabajo a los elementos anti-yanquis de Nicaragua convencer a Sandino de que podría capturar la jefatura de su partido levantando la bandera de la independencia política y territorial de Nicaragua. El líder rebelde siempre se había sentido incómodo con las miembros del Partido Liberal y de hecho nunca se había considerado parte de los refinados elementos que rodeaban a Sacasa y Moncada. (7) Su posición puede compararse en cierto modo a la de Chamorro en el Partido Conservador. Díaz y Carlos Cuadra se habían atraído los elementos más intelectuales y menos demagógicos de su partido; hacia Chamorro en cambio, habían gravitado aquellos que más bien se habían destacado en los no siempre distinguidos ajetreos de la política partidista. El conflicto que Sandino desató en las provincias del norte constituyó una seria amenaza para la jefatura de Moncada, así como para los planes del general McCoy para pacificar al país.
José María Moncada, sin grandes alardes, pero con gran éxito, aprovechó todas las oportunidades a su alcance para destruir la imagen pública de su antiguo subordinado. Mantuvo que Sandino constituía el principal obstáculo para la celebración de elecciones libres y pacíficas, lo cual, de hecho, era cierto: y repetidamente, hizo hincapié en las diferencias que lo separaban de Sandino. El líder rebelde, a su juicio, «estaba impulsado por el deseo de establecer el bolchevismo en Nicaragua».
Esta insinuación demostró poseer gran efectividad. Alarmó de tal manera a los supervisores de las elecciones que McCoy, con la mayor celeridad, distribuyó la información a los presidentes de las juntas provinciales. En su mensaje el general urgió a sus colaboradores a que tuviesen cuidado con esa «filosofía cancerosa» que amenazaba extenderse a toda Nicaragua. (9)
Al percatarse Moncada del impacto de sus comentarios, siguió insistiendo sobre el tema: advirtió solemnemente a McCoy que todo lo que el líder rebelde realmente deseaba era imponer su dominio sobre la república y consciente de que a los norteamericanos les aterrorizaba la perspectiva de que los rusos adquirieran influencia en Nicaragua, procedió a explicar que si Sandino desarrollaba sus actividades en el norte del país era porque pretendía organizar su Estado bolchevique donde de hecho tenía más posibilidades de florecer. «Esto se va a llevar a efecto», sentenció Moncada en cierta ocasión, «emulando las hazañas militares de Pancho Villa». (10)
La mención del nombre de Pancho Villa y la posibilidad de tener que combatir guerrillas similares a las organizadas por los mexicanos en 1916 acrecentó indeciblemente los temores de McCoy quien previno a sus subordinados contra cualquier posible negligencia en el objetivo de capturar a Sandino. El éxito de Moncada en convencer a los norteamericanos de que Sandino era un peligro tanto para ellos como para el Partido Liberal no pudo ser mayor. (11)
Para el verano de 1928 ya estaba claro que la campaña de Sandino en las montañas septentrionales distaba mucho de ser un fracaso. De hecho, McCoy admitió privadamente que el aislamiento de la región montañosa de Las Segovias y sus pobres comunicaciones con el resto de la república imprimían a las actividades de Sandino «posibilidades reales de éxito». McCoy también advirtió que, en vista de que el gobierno de Díaz carecía de medios para controlar el norte del país, el líder rebelde, si se movía con la suficiente rapidez, podía llegar a dominar completamente la región. (12). Está claro, pues, que cuando McCoy declaró que Sandino era «solamente un hombrecillo escurridizo vagabundeando en las montañas» (13) sus manifestaciones para el consumo público no reflejaban sus convicciones más íntimas.
Las incursiones de los rebeldes en minas de propiedad norteamericana y el desconcierto que las mismas crearon en las actividades económicas en el norte, llegaron finalmente a alarmar seriamente a la embajada norteamericana. En julio, los diplomáticos americanos se vieron forzados a admitir, no importa cuán confidencialmente, que la campaña guerrillera de Sandino había desplegado una «fortaleza inesperada» y que, consecuentemente, los esfuerzos de los marines para someter a los rebeldes no serían de fácil ejecución. (13)
NOTAS
(1) William Kamman, Search For Stability, p. 123.
(2) Entrevista del autor con el doctor Simeón Rizo Gadea, antiguo colaborador de Sandino, en Jinotega, marzo 25, 1965, y con Miguel Molina, ex-secretario privado de Sandino, quien reemplazó al doctor Rizo, en Jinotega, marzo 26, 1965.
(3) Entrevista del autor con Óscar Moncada, hijo de José Moncada, en Managua, marzo 30, 1965, quien declaró que su padre deseaba terminar con el proyecto de Sandino de crear una república en el norte.
(4) Entrevista con Miguel Molina, marzo 26, 1965.
(5) Ibíd.
(6) Manuel A. Valle. «Viva Sandino», Living Age, Vol. 348, (noviembre 1932), p. 63.
(7) Gustavo Alemán Bolaños, Sandino. Estudio completo del héroe de Las Segovias (Ciudad de Guatemala: Imprenta la República, 1932), p. 9.
(8) Memorándum – Sandino, N.D. Departamento de Estado, Archivos Nacionales, Archivos de la Misión Electoral de los Estados Unidos en Nicaragua, 1928-1932. Archivo grupo 43 B-1 (más adelante citado como NA RG 43).
(9) Memorándum del General Frank It McCoy a los presidentes de las juntas provinciales. Abril 18, 1928, NA, RG 43.
(10) Memorándum – Sandino, NA, RG. 43
(11) McCoy, abril 18, 1928 NA, RG 43.
(12) Ibíd.
(13) Washington Star, mayo 13, 1928, Sec. II, p. 2.
(14) Charles Eberhardt, ministro de los Estados Unidos al Departamento de Estado, 20 de julio 1928. Foreign Relations of the United States, Vol m (U.S. Oficina de imprenta del gobierno, 1943) p. 444.
Tomado de: Thomas V. Dodd, «Los Estados Unidos en la política nicaragüense. Elecciones supervisadas 1928-1932», Revista del Pensamiento Centroamericano, Vol. XXX, No. 148, julio-septiembre, Managua,1975, pp. 5-104. [Capítulo V]


