Sobre El Chaparral
ALDO DÍAZ LACAYO
Nota previa. En junio de 1959, surgió la guerrilla de El Chaparral, apoyada de forma directa por Ernesto Che Guevara, quien designó como jefe al ex-oficial (GN) nicaragüense Rafael Somarriba por su experiencia militar, y se estableció en El Chaparral, Honduras. El 24 de junio las fuerzas militares hondureñas, bajo el mando del capitán Andrés Espinoza, atacaron por sorpresa a los guerrilleros con fuego de morteros, de granadas y de ametralladoras. Después de una hora de ataque, el jefe militar hondureño conminó al grupo a la rendición. Los militares solicitaron hablar con el jefe guerrillero, quien aceptó y cesó el fuego. El capitán Espinoza les comunicó que tenía órdenes de la embajada de los Estados Unidos y de los miembros de la Comisión Militar Mixta que no debía haber prisioneros, por lo que los combates prosiguieron por dos horas más. El resultado fue de varios muertos, entre ellos el cubano Onelio Hernández y entre los heridos, Carlos Fonseca Amador. El capitán Andrés Espinoza dio la orden de cese el fuego y gritó a los jefes guerrilleros que tenía nuevas instrucciones para negociar la rendición. Ya para ese momento, los rebeldes estaban rodeados también por tropas de la guardia nicaragüense. Somarriba, después de consultar con los mandos, aceptó la rendición con el compromiso de que se les respetara la vida. Equipo de Investigación Centroamericana
[1] Para comprender la guerrilla de El Chaparral, debemos contextualizarla dentro de los movimientos armados de los años cincuenta e inicio de los sesenta, que ―sin obtener éxito― intentaron derrocar a la dictadura somocista.
Dichos movimientos armados fueron diversos y protagonizados por distintos actores. Sin embargo, la guerrilla de El Chaparral tiene un significado especial en la historia de la lucha anti-somocista y es necesario comprender a fondo los hechos y las consecuencias de aquel 24 de junio de 1959, porque lo que sucedió en territorio hondureño ese día incidió profundamente en la historia del FSLN y en las sucesivas estrategias de lucha. [Aldo Díaz Lacayo, «La saga de la Revolución Popular Sandinista», Revista Correo, No. 9, mayo-junio, Managua, 2009, pp. 18-23]
[2] Carlos Fonseca y yo somos contemporáneos, ambos nacimos en 1936. Nos conocimos cuando nos encontrábamos en El Chaparral. Aunque antes no nos conocíamos personalmente, cada quien sabía del otro. Ambos teníamos tres o cuatro años en la lucha: él comenzó en el año 1953 y yo en 1952; nada más que yo me retiré en 1956, y él continuó y nunca se retiró. La principal característica de Carlos fue su constancia, su permanencia, por eso dicen que era terco. Nos conocimos en una circunstancia muy difícil, porque El Chaparral es una hondonada tremenda como de cincuenta metros, por la que pasa un riachuelo. En la ribera del río estaba el Estado Mayor y alguna gente importante, inclusive Carlos. Yo ya tenía experiencia, entonces me fui a las faldas de la montaña, de manera que salí bien librado en el combate. Carlos, como sabemos, era tremendamente miope. Rafael Somarriba, quien era el que comandaba la fuerza militar insurgente, era casi matagalpino ―eso es algo que casi nadie sabe― y conocía a Carlos desde muy niño, porque Somarriba había sido el teniente, creo que el jefe del cuartel de Matagalpa. Estamos hablando de 1945 o 1946, cuando Carlos podía tener unos diez años. [Mónica Baltodano entrevista a Aldo Díaz Lacayo, Memorias de la lucha sandinista, 2011, p. 1-16]
[3] En el movimiento de El Chaparral participaron, además, Manuel Baldizón, Klaus Küll y Enrique Morales Palacios, todos matagalpinos. Había una relación particular entre ellos porque los matagalpinos eran una raza especial dentro de El Chaparral. Dice Rafael Somarriba en su libro, que le impresionó tanto la miopía de Carlos, que puso en duda que él pudiera aguantar en la montaña. De todas maneras, Carlos era un hombre preocupado, estudioso. Después de un par de días, como sabía quién era yo, mandó a Rodolfo Romero ―a quien le decíamos Romerito― a preguntarme qué opinaba. Entonces le mandé a decir que nos iban a atacar, porque en dos ocasiones anteriores, con el general Ramón Raudales, nos habían atacado. Y así fue, finalmente nos atacaron y nos desbarataron. Un balazo en el pulmón derecho [recibió Carlos Fonseca]. Él estaba exactamente en una hondonada. Después del combate quedan divididas las fuerzas entre la gente ilesa, los heridos y los muertos. Entre los heridos, el más grave probablemente era Carlos (…) afuera se anunció su muerte, pero lo peor es que la gente que lo llevaba cargando, creía que estaba muerto, y lo querían tirar. Entonces, él oía lo que decían y hacía alguna cosa especial, algún esfuerzo, para que supieran que todavía estaba vivo. Tengo la carta que él escribe a doña Estela de Morales, en Guatemala, explicándole todo eso y una fotocopia que me regaló doña Estela. Y finalmente, logra quedar vivo. Cuento todo esto porque es muy importante que se sepa que él no había asistido a la formación del movimiento que termina en El Chaparral, y no estuvo en la preparación en Cuba, pues Carlos nunca había ido a Cuba. [Mónica Baltodano entrevista a Aldo Díaz Lacayo, Memorias de la lucha sandinista, 2011, p. 1-16]
[4] El inesperado triunfo de los revolucionarios cubanos, el primero de enero de 1959 —tan imprevisto para los nicaragüenses de los movimientos revolucionarios de 1957-1958 que decidieron hacer un alto en el camino—, modificó radicalmente las expectativas revolucionarias de los nicaragüenses y en general de los luchadores de América Latina y el Caribe. La Habana entonces se convirtió en el centro de la conspiración regional, e incluso de otras áreas geográficas, con la presencia de todos o casi todos los movimientos revolucionarios, siendo quizás el nicaragüense el de mayor número de participantes. Así se traslada a La Habana la saga del principio del fin. Pero otra vez explotó la división. Esta vez más radical, cien por cien de carácter ideológico. La mayoría de los democrático-burgueses saltaron al socialismo revolucionario, mientras quienes luchaban por la democracia regresaron al liberalismo puro: nada de cambios estructurales. El resultado fue que estos últimos muy pronto abandonaron La Habana hacia Costa Rica, espantados, para luchar en dos frentes: contra el movimiento revolucionario socialista que continuó gestándose en Cuba y contra la dinastía somocista, tal como lo declararon sus dirigentes después de fracaso de la invasión de Olama y Los Mollejones.Pero también el grupo que había saltado hacia el socialismo revolucionario se dividió profundamente. Los más viejos, luchadores socialistas de antaño, que por lo mismo eran los más radicales, fueron dominados por el idealismo, imaginándose un triunfo rápido, fácil, más o menos incruento, dándole en consecuencia prioridad a la aprobación del programa de gobierno y, por supuesto, a designar a cada uno de los miembros del gabinete y desde luego al presidente de la república; alegando obviamente la necesidad de cuidar la pureza de la revolución y del nuevo gobierno. Una actitud excluyente que alcanzó a la mayoría de los jóvenes, en particular a quienes habían tenido algún tipo de relevancia en los movimientos del general Ramón Raudales. Porque, por increíble que parezca, este tuvo muy mala prensa en La Habana, quizá de ahí viene la falta de reivindicación de su movimiento como parte de la saga del principio del fin. [Aldo Díaz Lacayo, «La saga de la Revolución Popular Sandinista», Revista Correo, No. 9, mayo-junio, Managua, 2009, pp. 18-23]
[5] El resultado de esta debacle organizativa —agravada por la retórica grandilocuente, el síndrome de la proclama, y el espíritu dogmático, en el caso de los viejos; y por el reclamo, la impaciencia, y hasta la jactancia, en el caso de los jóvenes— fue que el Che decidió abandonar su objetivo de lograr la unidad entre los revolucionarios nicaragüenses, todos intachables a pesar de lo vicios desarrollados a lo largo de la lucha en ambientes puramente capitalistas.
Entonces, evitando en lo posible herir susceptibilidades, el Che tomó todas las decisiones, designando a Rafael Somarriba como enlace con los revolucionarios nicaragüenses en La Habana y con los gobiernos centroamericanos. Una decisión que produjo una reacción muy emocional, acrítica, contra Somarriba y contra el Che.Con la dirección del Che, Somarriba logró organizar el movimiento revolucionario de mayor envergadura y más altamente compartimentado que hasta entonces se había organizado jamás. Pero tuvo dos fallas, probablemente inevitables. Una de carácter logístico y otra de orden subjetivo. La primera: el reclutamiento de combatientes voluntarios en varios países que se hizo contra el tiempo, con pocas normas de selección ideológica y de seguridad, pero sobre todo en medio del rumor que se había echado a andar acerca de la poca confiabilidad en Somarriba, que corría como secreto a voces por la región, denunciando de hecho la operación. Y la segunda la fe ciega de Rafael [Somarriba] en la palabra empeñada por el presidente Ramón Villeda Morales, de Honduras, en el sentido de que los combatientes podían moverse con libertad en territorio hondureño, porque el ejército [hondureño] no los atacaría.Ambos errores se potenciaron entre sí, llevando la operación al fracaso, después de un cruento, larguísimo y desproporcionado ataque del ejército hondureño (no es cierto que la Guardia Nacional participó en el ataque) perpetrado el 24 de junio de 1959, que dejó un saldo de nueve muertos [nicaragüenses: Manuel Baldizón, Francisco Alemán, Antonio Barbosa, Manuel Canelo, capitán José Manuel Arosteguí, Aníbal Sánchez y Adán Suárez, y cubanos: Marcelo Fernández y Onelio Hernández] y quince heridos; la columna estaba integrada por 75 hombres, entre los que estaba el cubano Carlos Lugo, el salvadoreño José Domingo Mira], en el sitio conocido como El Chaparral, en el borde de la frontera honduro-nicaragüense; no solamente pésimo como posición militar sino con casi ninguna vigilancia. Todo debido a la fe ciega en la palabra-autoridad presidencial, ignorando la autonomía constitucional del Ejército y sobre todo su dependencia de la Junta Interamericana de Defensa, de Washington, y olvidándose también de su tradicional alianza con la Guardia Nacional de Nicaragua.Si el fracaso de Raudales lo proscribió como saga del principio del fin, el de Somarriba excluyó igualmente a El Chaparral de esta saga, entonces imprevista, invisibilizada como hasta hoy día. No solo porque se responsabilizaba a Somarriba de la muerte de Carlos Fonseca, como en ese momento se creyó, y porque este al principio se sumó a los señalamientos contra Rafael [Somarriba], sino principalmente porque la temprana rectificación de Carlos sobre El Chaparral —en carta-análisis a don Edelberto Torres fechada en San José el 8 de junio de 1960— solo fue conocida treinta y dos años después, en la edición de Barricada del viernes 8 de noviembre de 1991. Incluso, es muy probable que esta temprana rectificación de Carlos Fonseca nunca fuera conocida por la dirigencia sandinista. [Aldo Díaz Lacayo, «La saga de la Revolución Popular Sandinista», Revista Correo, No. 9, mayo-junio, Managua, 2009, pp. 18-23]
[6] (…) Si deseamos superar las causas que produjeron El Chaparral,es preciso que trabajemos con los cinco sentidos y estar conscientes de que esta lucha tiene que ser larga y dura y que el triunfo no se ha de producir en 24 horas. Nosotros los jóvenes somos los que tenemos la obligación de llevar adelante la lucha. Ya hay razones para confiar en que sabremos responder. Voy a decirle algo más sobre El Chaparral. Una serie de condiciones me parece que volvieron inevitable la preparación de esa columna, es decir que el conjunto de hechos incluyendo el del propio lugar de la tragedia es muy remoto que hubiera sido posible evitarlos. Soy opuesto a creer que todo fue negro en El Chaparral. Creo que tuvo de positivo haber suministrado experiencia a nuestra lucha. Los chinos afirman que el fracaso es la madre del éxito. Y si esto es cierto no podía triunfarse en El Chaparral, ya que apenas estaba iniciándose el movimiento y por consiguiente no se había fracasado anteriormente (…) [Texto de la carta de Carlos Fonseca a Edelberto Torres del 8 de junio de 1960]
[7] Como [Carlos Fonseca] queda hospitalizado durante quince días, tres semanas antes de viajar a Cuba es víctima de la visita de toda la gente que hasta entonces había sido la abanderada de la revolución nicaragüense; y había de todo, desde aquellos que se habían apoltronado y que habían hecho de la revolución una industria, hasta gente decente, gente muy honrada, pero gente mayor que ya no iba a visitar la montaña. Entonces, ellos trataron de poner a Carlos en contra de la dirigencia de El Chaparral, y le decían una y otra vez que eran traidores y cosas por el estilo. En esas circunstancias, él llega a Cuba por primera vez. Ahí nos conocimos mejor, tuvimos un encuentro muy fugaz pero profundo, tal vez unas dos o tres veces nos reunimos, discutimos muy amplia y seriamente, como era Carlos. Él era un hombre muy serio. Nosotros le decíamos Carlitos. [Era] enorme, era muy delgado, pero le decíamos Carlitos. ¿Por qué?, no me preguntés. Toda la gente le decía Carlitos. Discutimos ampliamente sobre el trabajo y a mí me dio la impresión de que no lo pude convencer, de que él siempre se quedó con la idea de que en El Chaparral había habido un manejo traicionero. [Mónica Baltodano entrevista a Aldo Díaz Lacayo, Memorias de la lucha sandinista, 2011, p. 1-16]
[8] Pasado el tiempo, encontré una carta de Carlos, del 21 o 22 de junio de 1960. Estamos hablando exactamente un año después, una carta para el profesor Edelberto Torres. Es la carta que más me ha impresionado, porque es un análisis exacto, no de la situación circunstancial de El Chaparral, sino de las causas del fracaso. El profesor Torres mantenía una posición intransigente, cerrada, obcecada en cuanto a Somarriba. Carlos le explica en esa carta que el fracaso es producto del desarrollo de las fuerzas políticas nicaragüenses. Y le dice: Bueno, no podía haber sido de otra manera, no tenemos una fuerza desarrollada lo suficiente como para actuar de una manera distinta. [Mónica Baltodano entrevista a Aldo Díaz Lacayo, Memorias de la lucha sandinista, 2011, p. 1-16]
[9] Sin El Chaparral, en consecuencia, no hubiera habido Revolución Popular Sandinista o hubiese tomado un rumbo diferente, menos ideológico, menos orgánico, menos unitario. sentidos»Porque sin su experiencia en esos «dolorosos sucesos», como él los llama, Carlos Fonseca jamás se hubiera dedicado tan anticipadamente a «trabajar con los cinco para encontrar «las verdaderas causas de todo», para superar el «atraso que sufría el movimiento revolucionario de Nicaragua», con el propósito de propiciar el surgimiento de «sus dirigentes naturales». Y lo logró. No existe ninguna duda de que su primer escrito, precisamente de 1960, es resultado de sus reflexiones sobre el fracaso de El Chaparral, y tampoco de que este escrito es también su primer esfuerzo de orientación político-ideológica en la lucha por la transformación de Nicaragua—que es el título con que él lo identificó—, asociándola directamente con el somocismo porque «la lucha contra la dictadura encabezada por la familia Somoza es una lucha por lograr la transformación de Nicaragua». Con apenas veinticuatro años, Carlos refleja ya en este escrito primigenio un pensamiento coherente, de orientación marxista, convencido en consecuencia «de que es el pueblo, la masa mayoritaria, la más sufrida, la que posee mayor interés en el país porque se lleve a efecto una transformación, o sea que se realice una revolución que, por decirlo, invierta y vuelva al revés todos los órdenes de la vida en Nicaragua». [Aldo Díaz Lacayo, «La saga de la Revolución Popular Sandinista», Revista Correo, No. 9, mayo-junio, Managua, 2009, pp. 18-23]
[10] Cuando se discutía si calificar al movimiento de sandinistas o de Sandino, se llegó a la conclusión que eso sería provocativo; de manera que el nombre oficial del movimiento de El Chaparral, que tampoco nadie lo sabe, es Movimiento 21 de septiembre, Columna Rigoberto López Pérez, esa fue la conclusión. Era más atractivo dentro de la mercadotecnia política, hablar de un Movimiento 21 de septiembre, Columna Rigoberto López Pérez, que hablar de un Movimiento 21 de febrero. La referencia entonces era el anti-imperialismo nada más, porque en ese momento no se conocía el pensamiento de Sandino. Es decir, ya se había publicado el primer volumen de Gregorio Selser, Sandino, general de Hombres Libres, en el año 1955 o 1956, ya se tenía un conocimiento más amplio de la lucha de Sandino, pero, aun así, en La Habana no se le conocía a plenitud. Creo que Carlos es el primero que nacionaliza la lucha. [Mónica Baltodano entrevista a Aldo Díaz Lacayo, Memorias de la lucha sandinista, 2011, p. 1-16]
[11] Mucha gente me dice que el movimiento de los cubanos es martiano, y no es cierto, porque en la primera etapa de la Revolución Cubana, de 1959 a 1961, cuando se declara socialista, hubo una tremenda contradicción entre el Movimiento 26 de Julio y el Partido Popular Socialista [partido comunista]. Había luchas brutales. De manera que, en esa etapa, nunca se habló de una revolución martiana, y ya después que se declara socialista, Martí viene a ser parte de la revolución porque José Martí es cubano, pero no por ser un objetivo estratégico de la Revolución Cubana declararse martiana. [Mónica Baltodano entrevista a Aldo Díaz Lacayo, Memorias de la lucha sandinista, 2011, p. 1-16]
[12] [Lo de la lucha de Sandino] desde el principio Carlos lo incorpora plenamente, y no solo eso, sino que lo empieza a estudiar, busca papeles, se interesa e interesa al profesor Edelberto Torres, a todo el mundo, para que recojan papeles. Inclusive el libro que recopila Sergio Ramírez Mercado, El Pensamiento Vivo de Sandino, en parte se debe a Carlos Fonseca, porque es Carlos quien insiste en recopilar el pensamiento de Sandino. Es increíble su insistencia. Este es el primer hallazgo que encuentro. El segundo, que es vital, es que hasta el año 1959, con el fracaso de El Chaparral, todos los revolucionarios en Nicaragua, y creo que del Tercer Mundo, tenían un concepto invasionista de la revolución. Es decir, la gente estaba en el exilio, obteníamos apoyo casi oficial, conseguíamos plata, rifles; entonces nos preparábamos, invadíamos y nos desbarataban por supuesto, porque aquí nadie sabía que estábamos allí. Entonces, él [Carlos Fonseca] se da cuenta con El Chaparral que invadir no funciona, que es un error, que hay que venirse a Nicaragua y constituirse y luchar aquí adentro. [Mónica Baltodano entrevista a Aldo Díaz Lacayo, Memorias de la lucha sandinista, 2011, p. 1-16]
[13] Hubo una gran cantidad de movimientos [Carlos Fonseca señala que entre 1956 y 1960 se dieron unos treinta y cuatro intentos de grupos invasionistas], y yo pasé inmerso en casi todos ellos, pero todos con esa mentalidad de que íbamos a invadir, y que una vez invadido el país, se nos iba a sumar una gran cantidad de gente. Recuerdo una noche, estando en Nicaragua, después de siete días o algo así de estar en la montaña, llegamos al pueblo minero del general Ramón Raudales, y era muy tarde, serían como las nueve de la noche, porque, como vos sabés, esa hora en la montaña es como las cuatro de la mañana en la ciudad, entonces el general Raudales me dice: Hijo, háblele a los muchachos, refiriéndose a los vecinos. Ya los habíamos despertado, la gente había salido de sus ranchos, de sus casas y yo les eché un discurso y los invité a continuar con nosotros. Nadie quiso moverse. Entonces le digo a Raudales: Mire, general, yo creo que Virgilio debe hablar. Me dice que sí; entonces yo lo anuncié y Virgilio Godoy se tira otro chagüite, y no se movió nadie. ¡Nadie se movió! Bueno, en parte por miedo, porque daba pavor alzarse contra la dictadura. ¡Claro! No se podía decir que el concepto invasionista no servía para nada. Pero es Carlos Fonseca el que lo descubre. Nosotros nos metimos al país quién sabe cuántas veces y siempre con la ilusión de hacer algo. Entonces, como tú bien dices, las acciones de Raití y Bocay, aunque ya se organizan en parte aquí y en parte afuera, todavía tienen ese matiz invasionista, y creo que también el movimiento guerrillero de Pancasán. [Mónica Baltodano entrevista a Aldo Díaz Lacayo, Memorias de la lucha sandinista, 2011, p. 1-16]
[14] [Hay que aclarar que] no es cierto que el Che participó en la Columna Rigoberto López Pérez [la que escenifica lo de El Chaparral], pero sí es cierto que esta se organiza por el Che. Con el triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959, Cuba se convirtió en una especie de meca revolucionaria adonde llegan todos los movimientos revolucionarios del mundo. No estoy hablando solo de grupos del Tercer Mundo nada más, sino también del mundo desarrollado. Aquello era como una torre de Babel, porque los movimientos revolucionarios estaban divididos, no solo los nicaragüenses. De Nicaragua habíamos cuatro grupos: uno que dirigían los conservadores, encabezados por José Figueres; andaba también Pedro Joaquín Chamorro. Ahí rompe y se viene Pedro Joaquín y toda esa gente para Costa Rica. El otro movimiento muy fuerte era el de los exiliados dispersos en América Latina. Eran muchos. El tercero era el movimiento de los ex-miembros de la Guardia Nacional, que dirige Manuel Gómez y que andaban apoyados por Peter Vivas. Y había otro movimiento de nicaragüenses que venían de los Estados Unidos. Pero bueno, ¿qué es lo que pasa? Se tardan por lo menos dos meses en discusiones, y el gobierno revolucionario de Cuba asigna a una persona para atender al movimiento nicaragüense, y escoge al Che Guevara. Es el Che quien se encarga, quien pone el orden, porque era un desorden espantoso. Un día de tantos dijo: Bueno, ya no quiero oír a nadie más, se terminó todo esto, y vamos a hacer la revolución, porque la vamos a hacer. Tan sencillo como eso. Entonces no es cierto que participa, pero sí es cierto que él la inspira. De manera que el movimiento de El Chaparral gira alrededor del Che. Todos los que estuvimos en La Habana tuvimos la oportunidad de conocer al Che, de conversar con él y hasta de pelearnos con el Che. Yo me peleé tres veces con el Che. [Mónica Baltodano entrevista a Aldo Díaz Lacayo, Memorias de la lucha sandinista, 2011, p. 1-16] ■






