Sobre Ixcán: el campesino indígena se levanta, de Ricardo Falla
ARTURO TARACENA
Ixcán: el campesino indígena se levanta es un magnífico ejemplo de cómo se hace una investigación; por sus aportes teóricos y metodológicos, por la didáctica de su discurso y estructura, por la honradez en el manejo de los datos, y por otros méritos. Es, además, la primera obra en abordar la guerra en Guatemala desde el punto de vista del estudio histórico del enfrentamiento militar de dos ejércitos en un contexto económico y social determinado, y aborda asimismo el papel que en ese enfrentamiento desempeñó el campesinado, que es el sujeto principal de la investigación, así como otros sectores sociales (oligarquía, partidos políticos, universitarios, etcétera) que le sirvieron de placenta.
Normalmente, al padre Ricardo Falla se le conoce más por su actividad pastoral, por la denuncia de las injusticias, por la defensa de los más desfavorecidos y por sus aportes al conocimiento de la vivencia de los indígenas en Guatemala y en otros países, pero acá, en el Museo de la Universidad de San Carlos, es necesario señalar su papel como antropólogo social y como uno de los principales intelectuales del país. Y lo subrayo, porque esta sala está llena de jóvenes estudiantes, de profesores, de universitarios y de activistas sociales que tienen por tarea luchar contra la impunidad, pero también conocer y dar a conocer la realidad nacional.
Ixcán: el campesino indígena se levanta es una investigación que se empeña en resaltar el valor metodológico de las entrevistas, la necesidad de contrastarlas entre ellas y con las fuentes escritas de todo tipo con el propósito de reflexionar sobre el debate entre memoria e historia que se vive hoy en día en nuestro país. A lo largo de sus páginas, hay un llamado a reconocer nuestra propia ignorancia, a valorar el papel de las luchas sociales, a respetar las diferencias culturales y a pelear para que se haga justicia.
El lector verá cómo en la formulación de la obra destaca el manejo de los mapas, los croquis y, asimismo, los cuadros, a partir de que Falla está consciente de que la actividad humana se entiende en el tiempo, pero igualmente en el espacio. Al Ixcán y a la Zona Reina los presenta como espacios vividos, construidos, representados y, aun, percibidos por las fuerzas que inciden en su realidad histórica. Es decir, nos recuerda que en Guatemala hay espacios particulares, por su geografía y su actividad humana, que inciden en la historia reciente del país al tiempo de que no son ajenos a las influencias que reciben desde el todo nacional.
En resumen, Ricardo Falla nos plantea la necesidad de construir un nuevo paradigma historiográfico recurriendo a diversas disciplinas
—entre ellas la antropología— para entender no solo el actuar y la memoria colectiva de actores subalternos, sino también de los diferentes actores de la sociedad guatemalteca. Por ello, apunta a la necesidad del diálogo entre la memoria y las ciencias sociales como forma de trascender el olvido. Sobre todo cuando la relativización de las causas y las consecuencia del pasado reciente es promovida por la reacción conservadora de las últimas décadas y que, hoy en día, resulta ser uno de los instrumentos más poderosos que tienen las clases dominantes para llamarnos a pasar la página de nuestra propia utopía. No se trata ya de los excesos de la doctrina contrainsurgente en contra del pueblo guatemalteco, sino de su encubrimiento.
El libro trata sobre todo de la actoría campesina, indígena y ladina, en el marco de la guerra que se libró en el territorio donde evolucionaba el Ejército Guerrillero de los Pobres, EGP, y por ello se plantea como una investigación que evidencia la inconsistencia de la tesis de los «dos demonios» o del «sándwich», tan cara a Le Bot y a Stoll, y también a varios cientistas o políticos guatemaltecos, ladinos o indígenas. En las entrevistas que recogió a lo largo de varios años, Falla evidencia cómo un movimiento campesino gestado en la década de 1960 en torno a la colonización vía el sistema de cooperativas y de parcelamientos, terminó por coincidir con uno de los proyectos revolucionarios de izquierda en contra del Estado guatemalteco, de sus agentes y de sus aliados privados, con miras a transformar las estructuras económicas y sociales imperantes. En ello, no se puede dejar de mencionar el papel que desempeñaron la Iglesia católica y el Partido Democracia Cristiana, como factores que incidieron en la creación de las condiciones subjetivas que el naciente EGP encontró en Ixcán en 1972. ¿A qué me refiero? Al papel desempeñado por la Democracia Cristiana con los cursos de ‘promotores sociales’ impartidos por la naciente Universidad Rafael Landívar, así como al papel que desempeñaron determinados sacerdotes y religiosos Maryknoll, jesuitas y de la Asunción en el marco de los cursillos de cristiandad con jóvenes de Huehuetenango y de la capital.
Asimismo, me parece importante la explicación histórica que nos da Falla cuando señala que la migración al Ixcán y a la Zona Reina no solo significó el fortalecimiento de la presencia de los indígenas en Guatemala al extenderse geográficamente hacia el área de la selva noroccidental, sino que tal migración implicó el desplazamiento de campesinos de diversas etnias presentes en el altiplano central y en la costa sur. Tal mosaico étnico allí presente exigió que k’ichés, cakchikeles, mames, q’anjobales, ladinos, etcétera, acudiesen a su identificación étnico-lingüística para marcar una pertenencia colectiva en el seno de las cooperativas y los parcelamientos, en la medida en que dejó de ser operativa la identificación antes existente, basada en el municipio de origen. Así pues, fueron las diferencias lingüísticas las que empujaron a tal tipo de identificación grupal, y no la imposición ideológica de las tesis de Stalin sobre las nacionalidades en la URSS, como Le Bot y otros intelectuales acusaron a Falla y al EGP de promoverlas.
Pero vamos a hechos más concretos que la lectura de Ixcán: el campesino se levanta suscitó en mí. Tomando la complejidad temática de la obra —frente a la cual mis comentarios de seguro quedarán cortos, tanto por desconocimiento de muchos de los hechos como por insuficiencia de elementos analíticos— me permitiré abundar en algunos aspectos en los que he reflexionado o que tuve la oportunidad de conocer de cerca. Empiezo por señalar que el prólogo del colega Sergio Palencia subraya de entrada no solo los méritos teórico-metodológicos de la labor antropológica de Falla, sino que encuadra el tema de la guerra en Guatemala en el marco de lo que la comunidad internacional denominó como «conflicto armado interno» por razones de conveniencia para la búsqueda de una solución negociada a la misma. Un tecnicismo, nos recuerda, que no debe ocultar la dimensión del enfrentamiento bélico reciente en nuestro país, sino que debe poner en evidencia, además del de los militares y de la guerrilla, el papel de actores como el campesinado, los finqueros, los agentes de las transnacionales, los políticos, los religiosos, etcétera.
De hecho, Ricardo Falla muestra en su texto que quienes sostienen que la guerra les «vino a los indígenas por fuera», dejan de lado el hecho de que estos no vivían aislados de la realidad nacional, marcada en los últimos sesenta años por los diversos intentos pacíficos y violentos de toda la sociedad guatemalteca por democratizar el país, y los intentos de sus opositores por impedirlo. Ricardo analiza y expone la memoria de los que han luchado, que no son pocos, como se pretende.
En cuanto al surgimiento de la lucha armada en Guatemala, me parece que hay que subrayar algo que está a la espera de un estudio serio: el hecho de que hasta 1966 la opción por la vía armada revolucionaria resultó estar en minoría frente a la posibilidad de que por medio de las elecciones o de un golpe de Estado se pudiese revertir el cierre de los espacios políticos ocasionado por el golpe encabezado por Castillo Armas y la CIA en julio de 1954. De hecho, el entusiasmo que produjo en las fuerzas de izquierda el posible triunfo de Arévalo en las elecciones de marzo de 1963, o el apoyo de la mayor parte de las fuerzas revolucionarias a la candidatura de Méndez Montenegro en marzo de 1966, fueron una realidad que en ambas coyunturas dejó en minoría a los partidarios de la profundización de la lucha armada. Serían la instauración del régimen militar por Peralta Azurdia y el pacto secreto de Méndez Montenegro con los militares, los elementos políticos que al fin inclinaron la balanza en torno a la tesis de que los espacios legales estaban cerrados. Una tesis que una década más tarde fue confirmada con el asesinato de los candidatos históricos de la socialdemocracia guatemalteca, Fuentes Mohr y Colom Argueta, en 1979. El ejército guatemalteco y sus aliados apostaron mucho antes por la salida armada del conflicto social que crearon con la caída de Árbenz, sabedores de la estrategia que a nivel continental implicaba la doctrina de seguridad nacional.
En el libro de Ricardo Falla resulta clave la reflexión inicial de las quince hipótesis en que él sustenta su planteamiento sobre los orígenes y el desarrollo de la guerra entre 1962 y 1982. Solo tengo preguntas en dos de ellas: en la novena, pues pienso que no se subraya lo suficiente el papel de la evangelización como uno de los mecanismos que despertó la conciencia y la militancia entre los campesinos, y que, asimismo, también fue partícipe en el desarrollo de un pensamiento milenarista que embargó al EGP. Ya desde nuestras conversaciones en 1983, le decía a Ricardo que era necesario entender mejor el papel de los religiosos —hombres y mujeres, regulares o seglares— en el pensamiento acerca de tal fenómeno histórico. Discutimos si era correcto políticamente explicar el proceso revolucionario recurriendo a la metáfora que Jesús dirigió a Nicodemo, el fariseo (San Juan, capítulo 3, versículo 7º): «El tiempo sopla de donde quiere y oyes su sonido, mas ni sabes de dónde viene ni a dónde va». La revolución no podía ser solo una cuestión de fe para que se construyese el reino de Dios en este mundo, se necesitaba tener capacidad de conocimiento social, económico, político y militar para llevarla a término.
Asimismo, en la decimotercera hipótesis, si bien Ricardo señala con agudeza la convergencia de los campesinos con otros sectores sociales, en especial con el obrero, a mi juicio se deja de lado la importancia que tuvo el acercamiento al movimiento estudiantil, que fue el principal abastecedor urbano de militantes revolucionarios a lo largo de los treinta y seis años que duró la guerra. El balance de los muertos en la Embajada de España deja constancia de ello, ya no digamos la cifra de militantes caídos en combate o desaparecidos.
En las explicaciones sobre la presencia de la Iglesia católica, vía los Maryknoll, en el Ixcán y en la Zona Reina, me vienen a la memoria unos hechos importantes. Considero que hay que decir más para completar el papel que tuvo el Concilio Vaticano II en 1962 y la Conferencia del Episcopado Latinoamericano de Medellín en 1968. La radicalización en el seno de ciertos sectores católicos guatemaltecos estuvo marcada por la experiencia de los cursillos de cristiandad en Guatemala desde 1963, la cual lanzó a decenas de estudiantes, hombres y mujeres, a trabajar en los pueblos de Huehuetenango hasta inmediaciones de Barillas. Por ejemplo, la madre Marian Peter (Marjorie Bradford), junto a Cristina Arathoon y otros estudiantes asistieron en febrero de 1965 a un cursillo de cristiandad en Medellín, en el que el ejemplo de compromiso social del padre Camilo Torres ya estaba presente, quien en octubre de ese año se integró a las filas del Ejército de Liberación Nacional colombiano. El otro hecho fue la entrada en contacto con Juan Lojo, miembro de la JPT1 desde 1963 y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, FAR, desde 1965, quien informaría a Luis Turcios y a César Montes del gran potencial revolucionario del experimento Maryknoll en Huehuetenango. De hecho, fue en esos contactos durante el año de 1966 que se vislumbró el Ixcán, la Zona Reina y el río La Pasión (luego con presencia de las FAR), como zonas de gran potencial revolucionario por sus características geográficas y su composición demográfica campesina reciente, con gran influencia de la experiencia agrarista en la costa sur.
No pasó para mí desapercibido que Ricardo no aludiese al papel que tuvo el movimiento estudiantil denominado ‘Cráter’, pues algunos de sus integrantes serían personajes clave de la historia del Ixcán, como es el caso del excomandante ‘Mariano’ (Guillermo Cruz Ventura, o de Gustavo Meoño Brenner, ambos miembros de la Dirección Nacional del EGP, quienes recibieron influencia no solo de los Melville, sino del propio Guillermo Woods, el cual decidió permanecer en la orden después de los sucesos de diciembre de 1967.
La idea de comprar tierras en el Ixcán y en la Zona Reina fue de Thomas Melville, quien a inicios de 1966 leyó la oferta del Instituto Nacional de Transformación Agraria, INTA, publicada en la prensa nacional. Luego, siguiendo la oferta de la empresa de Fomento y Desarrollo Económico del Petén, FYDEP, este puso su mirada en la zona del río La Pasión, en el Petén. Asimismo, convenció a Guillermo Woods de hacer un viaje a pie desde Barillas hasta la selva con el fin de explorar la zona y hacerle la propuesta al obispo Geberman. Este aceptó, pero le dio la misión al padre Edward Doheny, desconfiando del ardor social de Thomas. A finales de 1967, Willy Cruz acompañó al padre Guillermo Woods en una nueva caminata por la selva a partir de Barillas hasta los linderos del Ixcán, mientras Meoño, Juan Mendoza y yo recorríamos la zona entre este pueblo y las aldeas de los municipios San Mateo Ixtatán, Santa Eulalia y San Sebastián Coatán.
Asimismo, vale la pena recordar que el sistema de cooperativas ya había sido adoptado por los Maryknoll en Huehuetenango antes de la experiencia del Ixcán, pues Thomas Melville había inaugurado en 1965 una cooperativa de explotación de cal en Cabricán, y Woods inició una de talla de madera en Barillas a finales de 1966, de ahí su apego a esta forma de asociación campesina. En ello influyó la propuesta de desarrollo nacional en el agro a partir de la creación a inicios de los sesenta del Servicio de Fomento a la Economía Indígena, SFEI, el cual hizo de la figura de las cooperativas la forma de llevar la modernidad al campo guatemalteco. Es más, una de las actividades desarrolladas por los jóvenes en 1967 a solicitud de los padres de Woods y Daniel Jensen, y con el respaldo de expertos del INTA basados en Huehuetenango, fue la capacitación para algunos de los campesinos que poco después participarían en la ‘colonización del Ixcán’, como se le denominó en esa época.
Pero la obra de Ricardo, como he señalado al inicio, es ante todo un análisis de la guerra y del papel que en ella tuvo el campesinado, especialmente el indígena. Entrando ya al análisis de la guerra y del papel del EGP, me pareció clave el análisis que Ricardo Falla hace del Documento de Marzo, de 1967, que fue el planteamiento fundacional de la guerrilla que más tarde se convertiría en el EGP. Ricardo analiza las diez premisas que a su juicio forman la armazón ideológica y organizativa de dicha organización, de las cuales retendré cinco y agregaré una, con el fin de armar mi intervención en este tema central del volumen de las obras de Ricardo publicadas por Avancso, y que no podía soslayar.
El Documento de Marzo subrayaba, en la perspectiva de la estrategia revolucionaria, que el país estaba dividido en tres zonas principales: la costa sur, la montaña o selva, y la ciudad (las «tres patas del banco», era la figura que usábamos). Valga la pena recordar que, con la implantación y, sobre todo, el desarrollo revolucionario, se le agregó una pata más al banco, la del trabajo internacional, ya fuese en los países vecinos que funcionaban como territorios de retaguardia (México, Nicaragua y Cuba) o en países con decisión mundial y, por ende, importantes para tener presencia política en ellos: Estados Unidos, España, Francia, Alemania, Holanda, Suecia, Inglaterra, etcétera. Asimismo, el Documento de Marzo indicaba que la zona que para la oligarquía y el Ejército era la más débil, para la guerrilla sería la más fuerte: es decir, la montaña (el Ixcán y la Zona Reina) partiendo del principio que por lo más delgado se rompe la pita. A su vez, se subrayaba que las bases sociales de apoyo a la guerrilla eran su retaguardia. Finalmente, el Documento de Marzo indicaba que el desarrollo de la guerra tendría cuatro etapas: la de la implantación de la guerrilla; la propaganda armada; la generalización de la guerra de guerrillas y, por último, la disputa del terreno y de las masas al enemigo para liberar territorios y tomar el poder.
Como he indicado arriba, había otra premisa más, sería la undécima, la cual postulaba que la nueva organización guerrillera debía garantizar el mando centralizado por medio de su dirección nacional, tanto en la lucha militar como en la política. Es decir, la conducción última de los diferentes frentes guerrilleros, pues la etapa anterior de la lucha revolucionaria había demostrado cómo los regionales de las FAR terminaron por adquirir una autonomía, que sólo produjo fracturas y desgaste al movimiento revolucionario. De hecho, el EGP y la Organización del Pueblo en Armas, ORPA, nacerían de esas circunstancias. Lo menciono porque es un elemento políticamente negativo, que al final se volvió a repetir en la experiencia del EGP, a la vez que no se cumplieron las condiciones inherentes para la retaguardia estratégica del movimiento en el interior del país.
La gran pregunta que Ricardo Falla me dejó como lector, como académico y como militante es dónde falló la estrategia del EGP en el desarrollo de las tres etapas y de las premisas de la guerra popular. Acá yo me aventuro a proponer algunos elementos, por el compromiso con la presentación de la obra y con ustedes aquí presentes.
Indudablemente, es un ejercicio a posteriori y lo hago sin ser un experto en la cuestión. Veamos. Queda claro que la etapa de implantación de la guerrilla ‘Edgar Ibarra’ a partir de 1972 fue un éxito, lo mismo que la etapa de la propaganda armada que desarrolló entre esa fecha y 1979, culminando esta con la implantación de un frente guerrillero sólido, como fue el Ho Chi Minh en tierras del Ixcán, la Zona Reina y parte del centro del Quiché, el cual albergó a finales de 1980 a la Compañía ‘19 de Enero’. O sea, según mis informaciones, una fuerza de 160 combatientes armados, con una gran capacidad operativa y una moral de hierro. Sin embargo, con el paso a la tercera etapa, la de la generalización de la guerra de guerrillas, terminó ocurriendo la desestructuración de tal operatividad y concentración de fuego al considerarse como correcta la dispersión de la compañía en pelotones, con el objeto, a su vez, de dispersar la presencia del Ejército en la zona y, de paso, ampliar el radio de acción revolucionaria hacia las áreas aledañas. Así nacen en 1980 el frente ‘Comandante Ernesto Guevara’ en Huehuetenango y, en 1981, el frente ‘Augusto César Sandino’ en el sur del Quiché y Chimaltenango y el Frente ‘Marco Antonio Yon Sosa’ en Alta Verapaz. De esa forma, a pesar del arrojo y los sacrificios de los combatientes y de las Fuerzas Irregulares Locales, FIL, la acumulación de fuerzas militares revolucionarias se diluyó en esos territorios frente a la embestida total del ejército guatemalteco.
Si comparamos la situación de Guatemala con la de El Salvador, tenemos que las Fuerzas Populares de Liberación —FPL—, la Resistencia Nacional —RN—, y el Ejército Revolucionario del Pueblo —ERP—, tenían juntos a inicios de 1981 alrededor de mil hombres en armas, mientras las tres organizaciones guatemaltecas —el Ejército Guerrillero de los Pobres, la Organización del Pueblo en Armas y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (EGP, ORPA, FAR)— sumaban más o menos cuatrocientos. Para el año 1983 el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional —FMLN—, tenía ya tres mil hombres armados distribuidos en cada uno de los frentes guerrilleros que cada organización revolucionaria poseía en el país, mientras el número en nuestras fuerzas había bajado considerablemente para julio de 1982, debido no solo a la derrota importante en la ciudad, sino a la desarticulación de frentes como el ‘Augusto César Sandino’ y el ‘Marco Antonio Yon Sosa’. Solamente se recuperarían los niveles hasta el año de 1987. Ello plantea, para el caso del EGP, que las formas y los medios para llevar a la práctica y desarrollar la generalización de la guerra de guerrillas no propició la capacidad de fuego suficiente para repeler al Ejército y defender a la población en la mayoría de los frentes. Tan solo el Frente ‘Ho CHI Minh’ del EGP fue capaz de resistir hasta el final del conflicto con una fuerza aproximada de 120 hombres. Pero más allá de dividir las fuerzas, queda claro que en 1981 el frente ‘Augusto César Sandino’, y el Movimiento Alternativo Indígena y Social —MAIS—, no tenían las condiciones para pasar de ser ‘zonas guerrilleras’ a ‘frentes guerrilleros’, y si se les concedió esa categoría fue por la creencia de que se estaba ante una etapa insurreccional generalizada, a partir del entusiasmo nacional frente al desgaste del gobierno del general Lucas García y la situación internacional con el triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua, la ofensiva militar del FMLN en El Salvador, el triunfo de la revolución en Granada y el apoyo político que entonces se tuvo de gobiernos socialdemócratas en varios países latinoamericanos y europeos.
A ello se sumó el hecho de no haber cumplido la condición sine qua non de la retaguardia, la cual debía estar en la montaña. Una montaña protegida por un ejército revolucionario regular, pero al centrarla el EGP en la ciudad de Guatemala, en el frente ‘Otto René Castillo’, hubo una equivocación. Ya el general Gramajo ha señalado como un error estratégico del EGP y de las organizaciones de la URNG (Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca) en general haber tenido en la capital la retaguardia en razón de su capacidad de abasto en hombres y materiales, además de su operatividad militar, con el fin de intentar bloquear al ejército rival. Durante la derrota militar de la primera etapa guerrillera guatemalteca, el Ejército operó desestructurando a las FAR, al Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre, MR-13, y al PGT desde el campo a la ciudad, empezando en 1966 por el nororiente del país para terminar en la ciudad de Guatemala en 1970. En la segunda etapa ocurrió al revés: empezó en la capital en julio de 1981 y se continuó en el área de Chimaltenango en noviembre de ese año, para luego extenderse hacia Nebaj y, más tarde, hacia Alta Verapaz y Huehuetenango hasta el mes de julio de 1982. En el territorio de influencia del EGP solo el Ixcán resistió y prolongó su accionar guerrillero en ese año y el siguiente, mostrando la capacidad de corregir los errores militares hasta la firma de la paz en diciembre de 1996.
Es decir, después del fracaso de la ofensiva del FMLN contra la ciudad de San Salvador en enero de 1981, los estrategas salvadoreños entendieron que sus organizaciones debían replegarse (inclusive la mayor parte del aparato político-militar que operaba en la capital) hacia las zonas montañosas, donde tenían garantizadas las retaguardias gracias a una efectiva propaganda armada, con el ya claro propósito de construir sus diversos ejércitos regulares. Estos resultaron ser la garantía para desactivar las diversas ofensivas del ejército salvadoreño, así como para defender en la medida de lo posible a la población que los sostenía —sin que por ello dejasen de haber matanzas y represalias—, pero nunca como en el caso guatemalteco. A nosotros en el EGP, en medio de contradicciones y de confrontaciones internas, nos ganó la idea desde el año de 1981 de un triunfo vía la insurrección popular con el apoyo de las fuerzas guerrilleras, apreciación que resultó equivocada.
Finalmente, tal análisis nos lleva al tema del costo social de la guerra. A pesar de las pruebas que en materia de represión masiva y selectiva se tenían desde 1966-1967, el movimiento revolucionario subestimó la inminente respuesta genocida por parte del Estado y sus fuerzas armadas, y el desbalance que se produjo entre el estímulo a la actuación abiertamente combativa de las comunidades indígenas y la escasa capacidad militar revolucionaria para defenderlas. Una situación que produjo contradicciones y conflictos no solo en el seno de la Dirección Nacional del EGP, sino de la propia URNG, y entre esta y el movimiento popular. Contradicciones que hasta la fecha subsisten y, por tanto, resultan insoslayables en el análisis de la historia de la guerra y para el futuro político de la izquierda en Guatemala.
En conclusión, esta obra monumental de Ricardo Falla es un aporte de primer orden a la historia de la guerra en Guatemala, a la necesidad de que se haga justicia con las víctimas inocentes, al ejercicio para propiciar el impostergable debate sobre temas cruciales de nuestra historia presente, sabedores de que los guardianes del olvido no dejan de querer pasar la página sin antes haberla leído. Gracias.
2015







