Calamar en su tinta

 

EQUIPO DE INVESTIGACIÓN CENTROAMERICANA

 

La locura de guerra a la que Trump ha llevado al mundo en este momento no dejará de tener consecuencias para Estados Unidos.

     Hay varios flancos abiertos que los pincha cuando quiere llamar la atención.

     Lo que hizo el 3 de enero en Venezuela (y lo que venía haciendo meses atrás con las lanchas que destrozó con todo y tripulantes y que el ejército norteamericano afirma que son de narcotraficantes; y ya van más de 100 asesinados) muestra determinación, pero también temeridad, creyendo que el miedo que intenta imponer durará para siempre. ¿Puede bombardear de nuevo Caracas? Puede, claro que puede, pero sería pura gula de conquistador. Al llevarse a Maduro descabezó a la dirigencia del régimen y ha puesto a cuenta gota la supervivencia de los otros personajes que han quedado allí: Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez (el hermano de la presidenta encargada), Padrino López…

     El problema de esto es que, si bien pudo hacer la extracción de Maduro, no está en capacidad Estados Unidos de ‘hacerse cargo’ de Venezuela. Es decir, invadir con tropas que se asienten allí. Ni siquiera puede organizar un ‘gobierno provisional’ con elementos de la oposición. En ese sentido, no le sirve María Corina Machado –aunque le ‘regale’ el Premio Nobel de la Paz que le dieron a ella– ni Edmundo González. O sea, para el día después, el libreto de Trump y sus halcones y escuderos es la página en blanco.

     El pase de mago con las petroleras no le salió, porque las mismas petroleras que estaban en Venezuela son las que seguirán operando. Eso que dijo Trump de que dejará a ExxonMobil fuera del botín es solo humo, porque el CEO de ExxonMobil le dijo de frente que meterse en Venezuela a lo del petróleo no es algo viable, por ahora.

    A saber cómo irá lo de Venezuela. Tal vez a los tumbos, tal vez con episodios opositores para recuperar territorio político.  O quizá con un fraccionamiento del régimen cuarteado.

     Trump y Rubio saben que se han metido en un avispero. Por eso resulta insensato lo que ahora pretenden: amenazar a Cuba.  Y lo peor, inventando trucos verbales insinuando que se rindan antes de que pase lo de Venezuela.

     Lo saben, pero lo quieren pasar de largo: Cuba no es Venezuela. El proyecto político cubano está agotado, casi apagado, pero si los norteamericanos intentan meterles mano podría salirles el tiro por la culata.

    La amenaza de tomar, por las buenas o las malas Groenlandia, es otro desvarío de Trump y sus compañeros de viaje. Se estaría dando un disparo en el pie: ¡los Estados Unidos forman parte de la OTAN!

    México ya respondió con serenidad que de los asuntos de México se hacen cargo los mexicanos, no los Estados Unidos.

     Si intenta algo con Colombia también le podrían salir las cosas mal.

     Lula, de Brasil, observa atento, busca interlocuciones, quizá más allá de América Latina, con los BRICS.

     Todo esto es absurdo, porque lo que está creciendo es un sordo pero perceptible sentimiento contra las acciones guerreristas norteamericanas.

     Trump está intentando mostrar que al sur del río Bravo Estados Unidos manda. Y en realidad lo que está quedando en evidencia es que su influencia pasa por la agresión y la amenaza.

     En el frente interno, Trump y el Partido Republicano no tienen fáciles las cosas. Por el bien de todos, de ellos y los latinoamericanos, esta línea guerrerista debe echar marcha atrás.

     Trump está como calamar en su tinta, pero se puede quedar sin agua para chapotear.

12 enero 2026

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