1932 y la crisis de entropía
GABRIEL ESCOLÁN
Explicar la convulsa dinámica ocurrida en el territorio nacional, y particularmente en las zonas de producción cafetalera de occidente durante la cosecha de 1931-32, supone un enorme desafío analítico. La revisión de parte de la historiografía anglosajona de los dramáticos sucesos, tanto del levantamiento insurreccional protagonizado mayoritariamente por campesinos, como de las masacres represivas que a continuación ejecutaron las fuerzas militares y paramilitares, se han centrado en reflexionar en el carácter circunstancial de estos sucesos, haciendo hincapié en el problema que representó la penetración del imaginario comunista traído por miembros de la Internacional Comunista y del Socorro Rojo Internacional para plantear entre los campesinos pobres las exigencias reivindicativas propias de un movimiento político de trabajadores organizados.
No obstante, esta orientación no ha reparado en el carácter orgánico de la crisis externalizada en la enorme violencia que sacudió las labores de la cosecha del ciclo 1931-1932, ello porque aún no se han entendido las características estructurales de la sociedad agraria que experimentó con fuerza esta crisis. Lo primero que salta a la vista en ese sentido es que la enorme cantidad de violencia producida durante ese lapso coincidió con la mayor debacle económica que había experimentado el capitalismo mundial hasta esa fecha.
Sintomático del carácter estructural de la violencia acaecida en las zonas de producción cafetalera del occidente del país, que arrojan un estimado de veinticinco mil muertos durante la cosecha, fue la situación simultánea a la de los otros quince mil muertos en el Estado cafetalero de Sao Paulo entre junio y octubre de ese mismo año, estos últimos enmarcados en el levantamiento armado que protagonizaron los fazendeiros paulistas ante la decisión del gobierno de Getulio Vargas de destruir los excedentes de las reservas físicas de café que Brasil tenía y que mantenían los precios del grano muy por debajo de un margen rentable para todos los productores.
Así pues, es necesario ver cómo los miles de muertos que se apilaron en los pueblos y las fincas del país en 1932 fueron producto, no tanto de una situación circunstancial como lo habría sido la eventual penetración de ideas políticas ‘subversivas’ de origen externo, sino del carácter límite al que habían llegado las condiciones internas de reproducción de la sociedad agraria generadas por el proceso deliberado de expansión capitalista, en la que los bancos, que se encontraban heridos por la crisis de sobreproducción, tenían acaparadas la mayor parte de las tierras con cultivos de café que no valían nada, mientras la población campesina que trabajaba en las fincas sufría una gran carestía de cereales como el maíz y padecían el hambre de la caída de salarios.
En este sentido, podríamos indicar que el fenómeno social exhibido durante la cosecha de 1931-1932 en El Salvador estaba determinado por condiciones de vida extremas que solo se logran entender si analizamos la situación del entorno en que se produjeron estos hechos que sacudieron al país, y entendemos que el carácter límite de la situación se derivó de las constricciones biofísicas que fundamentaban cualquier tipo de reproducción material que pudieran experimentar los campesinos acoplados al ambiente de las fincas cafetaleras. Es decir, que el fenómeno social exhibido en la cosecha de 1931-1932 podría ser mejor entendido como una crisis de entropía, para utilizar un isomorfismo termodinámico.
¿Cómo puede entenderse este isomorfismo? La entropía como fenómeno biofísico se refiere a la degradación de un sistema producto de su disipación energética. Como todos los sistemas son dependientes de un consumo energético para su funcionamiento, la posibilidad de mantener una estructura interna ordenada supone la necesidad de tener acceso a entradas de energía, así como de desechar los residuos no útiles al exterior. Uno de los primeros descubrimientos de la termodinámica fue entender que la entropía tiende al máximo en los sistemas cerrados, cuando alcanzan su equilibrio termodinámico y se vuelven inertes, es decir cuando no son capaces de establecer otros intercambios con fuentes de energía del entorno para generar trabajo.
Como los sistemas vivos, como las sociedades, son termodinámicamente abiertos, estos se corresponden más con lo que Ilya Prigogine denominó estructuras disipativas, es decir configuraciones biofísicas que se mantienen alejadas del equilibrio termodinámico, disipando la entropía local hacia el exterior, para evitar que la acumulación de degradación interna desconfigure su sistema y lo «mate», ello a partir de una continua importación de energía. En ese sentido, Prigogine planteó que la entropía total de una estructura disipativa es igual a la entropía exterior más la entropía interior, donde la entropía interior es mayor que cero. De modo que en un sistema abierto resulta posible incrementar o disminuir la entropía si la entropía exterior es mayor que la interior, y por tanto la entropía total es menor o igual que cero.
Entender que las sociedades, en tanto dependientes de un entorno para la obtención de sus recursos, constituyen estructuras disipativas quiere decir que para mantener un dinamismo estable en la reproducción social se necesita organizar flujos de energía, materia e información desde ambientes domésticos, o de alguno externo a la unidad social. Estos flujos constituyen propiamente su metabolismo social, y su análisis resulta sumamente valioso para estudiar los mecanismos de subsistencia y de funcionamiento de las poblaciones.
El caso de la violencia social registrada en la cosecha de 1931-1932, desde este isomorfismo, se asemeja a un conflicto energético del propio proceso metabólico de las poblaciones occidentales. Considerando que las dinámicas de intercambio y compensación de energía y materia en el sistema social salvadoreño, en el tiempo de la Gran Depresión, estaba condicionado por el hecho que su sistema energético se basaba fundamentalmente en la extracción de biomasa por medio de la agricultura y la silvicultura.
Estos sistemas de energía agrarios han sido denominados de energía solar controlada pues, a diferencia de los sistemas empleados por las bandas de cazadores y recolectores, o la de las sociedades industrializadas, la mayor parte de la biomasa proviene de ecosistemas agrícolas o bosques manejados, es decir, de ecosistemas colonizados y transformados. Por tanto, debido a que, en esta clase de sistemas, la fuente de energía primaria renovable se encuentra dependiente de un área, el régimen socioecológico agrario indefectiblemente queda sujeto a estrictas limitaciones con respecto al crecimiento físico y la diferenciación espacial.
Ello se puede ver en el caso del desarrollo agrícola salvadoreño durante el primer tercio del siglo XX, que estuvo determinado por una apremiante escasez de tierra. El anuario estadístico de 1912 colocó a El Salvador como el segundo país de América Latina con mayor densidad demográfica (34.2 habs./km2), solo por debajo de Haití, que tenía en ese momento 76.9. Lo cual es sumamente significativo si tomamos en cuenta la masacre del Perejil, de más de 25 000 migrantes haitianos en República Dominicana que ordenó Trujillo en 1937. Para 1913, Alberto Masferrer hizo alusión pública al enorme problema de falta de tierras, proponiendo una reforma agraria sostenida en una proyección estrictamente ética, derivada de la problematización de la miseria a la que se veían sometidos los campesinos sin tierra para alimentar a sus familias.
A pesar de que la población mantuvo su crecimiento en tamaño, la gran expansión del capital sobre la tierra en la década de 1920, a efectos de aumentar la escala en la producción de café, no solo dejó a muchos otros millares de campesinos sin acceso a este recurso, sino que también sustituyó el cultivo de maíz por el del ‘grano de oro’. De modo que a finales de esa década ya se percibía en el país una crisis alimentaria grave.
Así, un reporte de 1928 (Patria, 17 de julio de 1928) sobre la crisis del maíz planteó el cambio de orientación de la dinámica de trabajo de los campesinos que se iban proletarizando en las fincas de café: «Son muchas [las causas de la crisis del maíz], pero a nuestro modo de ver es la DEMANDA de BRAZOS para el cultivo de café. El alto valor que está obteniendo este grano y las buenas cosechas, han despertado una ardiente actividad de siembra, resiembra y cultivo intensivo del cafeto. Ya se acabó el tiempo en que el cafetalero se limitaba a dar unas cuentas limpias a sus árboles; hoy se procede al cultivo TODO el AÑO… Todo este trabajo se hace durante los meses de abril y mayo, con gran cantidad de gente, encontrando ocupación lucrativa el hombre fuerte, el débil, la mujer y el niño, tiempo en que también se impone la preparación de tierras para las siembras de maíz, lo que no se hace porque los jornaleros encuentran más lucrativo el trabajo de fincas de café que la siembra incierta de maíz».
Esta situación llegó a su término, generando la gran debacle energética, en el momento en que los precios del café cayeron para 1931 y los finqueros no pudieron seguir importando maíz, pretendiendo además obligar a los campesinos desnutridos a trabajar con salarios muy reducidos. Todo ello para evitar el equilibrio termodinámico de la economía cafetalera. La manifestación de la violencia fue entonces el resultado necesario de ese proceso.



