NICARAGUA ATRAPADA

Áxel Argüello

 

 

 

La situación de Nicaragua es complicada en todo sentido. Querer buscarle una vía resolutiva desde un espacio organizativo requiere, sin duda, de una cierta visión de largo plazo que no siempre se logra tener.

     La salida de Samanta Jirón (24 años) del espacio llamado Monteverde deja al descubierto algunos aspectos que requieren reflexión.

     En su carta de renuncia a Monteverde, y en las declaraciones posteriores que Samanta ha dado, resuenan varios tópicos que desde 2018 el amplio espectro opositor no ha podido superar. Y, de hecho, impide un repunte en la incidencia política que cambie su desfavorable correlación de fuerzas frente al régimen autoritario nicaragüense.

     Quizá las cosas habría que plantearlas de otro modo. Hay dos campos de acción para resolver la larga pesadilla nicaragüense: exterior e interior.

     Monteverde está en el exterior y los problemas fundamentales de Nicaragua se encuentran en el interior. Y esto es ya una cuestión esencial.

     Es cierto que el régimen nicaragüense no tolera la menor disensión, y la persecución política es la nota distintiva. Lo ocurrido a Humberto Ortega ilustra el casi nulo margen de acción posible; igual puede decirse de la presión sobre la jerarquía y la feligresía católicas.

     De ahí que los posicionamientos ideológicos presentes en el espacio Monteverde (y también en otros) que tienen las viñetas de ‘derecha’ o ‘izquierda’ resultan irrelevantes frente a un cuadro político tan extraño como el que vive Nicaragua. Con el agravante de hacerlo desde el exterior.

     Estos posicionamientos ideológicos no serían rémora si el espacio Monteverde comprendiera que rediseñar Nicaragua implica una clara dinámica de acción real (no imaginaria) realizada desde el interior. Eso es crucial asumirlo.

     Por mucha presión y sanciones que se le apliquen al régimen nicaragüense desde el exterior, el cambio político solo será posible si hay un tejido organizativo en el interior. No captar esto es fuente de extravíos y también de desvaríos. Monteverde no parece ser la instancia ad hoc para viabilizar el cambio en Nicaragua.

     ¿Es imposible estar dentro de Nicaragua y contribuir a estructurar el referido tejido organizativo? No, pero se requiere de mucha imaginación política y de una firme voluntad de riesgo que de seguro en Monteverde no es abundante.

     No lo dice así Samanta Jirón ni en su carta de renuncia ni en sus declaraciones, pero eso se colige como telón de fondo.

    Que unos y otros se asuman de ‘izquierda’, de ‘derecha’, de ‘centro’ o ‘de la sociedad civil’, es casi un asunto folclórico, pero impráctico. Si en el interior de Nicaragua no se estructura una red organizativa efectiva, todo lo demás resulta desenfocado.

      Es decir, solo nuevos formatos organizativos, flexibles y audaces, podrán abrirse paso dentro de Nicaragua. La vieja cháchara, los arcaicos métodos de suma y resta y las descalificaciones a priori no sirven más que para seguir en el empantanamiento.

     Pero hay algo más y eso sí lo dice con absoluta claridad Samanta Jirón: sin contingentes juveniles nada caminará. Ni nuevo ni viejo. Ella, con 24 años lo sabe.

     Y en Monteverde no es la juventud la que lleva la batuta. Y eso pesa. Y lastra.

     La salida de Samanta Jirón de Monteverde es casi natural.

 

11 junio 2024

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